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El que se justifica no rectifica

El que se justifica no rectifica

Columnas lunes 16 de marzo de 2026 -

Existe una diferencia fundamental entre reconocer un error y justificarlo. A primera vista podría parecer una distinción menor, pero en realidad se trata de una frontera profunda entre dos actitudes frente a la conciencia. Quien reconoce un error admite la posibilidad de corregirlo. Quien se justifica, en cambio, se esfuerza por demostrar que aquello que hizo no estaba equivocado.

La conciencia cumple precisamente la función de advertirnos cuando una acción, una decisión o una omisión se aparta de lo que sabemos que es correcto. Esa voz interior no siempre se expresa con claridad absoluta, pero suele manifestarse como una incomodidad, una inquietud o una duda que nos recuerda que algo no está bien.

En ese momento aparece una posibilidad decisiva: aceptar el juicio de la conciencia o intentar neutralizarlo. Cuando aceptamos el juicio de valor, abrimos la puerta a la rectificación. Reconocemos que pudimos habernos equivocado y asumimos la responsabilidad por las consecuencias de nuestras decisiones.
Pero con frecuencia ocurre lo contrario. En lugar de reconocer el error, intentamos justificarlo. La palabra justificar resulta reveladora. Proviene del latín justificare, que significa literalmente “hacer justo”. Es decir, convertir en justo aquello que originalmente no lo era.
De esta manera, lo que debería ser objeto de reflexión se convierte en objeto de defensa. En lugar de preguntarnos si actuamos correctamente, comenzamos a construir argumentos para demostrar que nuestra conducta tenía razones suficientes.

Así aparecen las racionalizaciones que todos conocemos: “no tuve alternativa”, “cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo”, “las circunstancias lo exigían”, “no fue tan grave”. Con esas explicaciones no buscamos comprender lo ocurrido, sino proteger nuestra imagen ante nosotros mismos y ante los demás.

El problema de la justificación es que bloquea el aprendizaje moral. Cuando una acción ha sido reinterpretada como justa, desaparece la necesidad de corregirla. Si no hay error, (lo que hice no estuvo mal, no pasó nada, no fue para tanto, nadie se va a dar cuenta) no hay nada que corregir. Y si no hay nada que corregir, tampoco hay nada que aprender.

Por eso, muchas veces, los errores no se repiten por falta de inteligencia o de información, sino por una incapacidad más profunda: la incapacidad de reconocerlos.
La ética no exige perfección. Ningún ser humano está libre de equivocarse. Lo que la conciencia nos exige es algo más sencillo y al mismo tiempo más difícil: Primero, el ejercicio previo de evaluar las consecuencias de nuestras acciones, o de lo contrario, la honestidad de reconocer nuestras faltas y la valentía de corregirlas.

Quien acepta su error puede rectificar. Pero quien se justifica termina prisionero de su propia narrativa, defendiendo indefinidamente aquello que en el fondo sabe que no estuvo bien.

Flor de Loto: Quien rectifica, no necesita justificarse.


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