Si el 15N se tornó violento, ¿a quién benefició? Detrás del bloque negro solo había una intención: incitar a la violencia… lo subsecuente es mera deducción. Usted concluya.
Históricamente, el bloque negro no solo ha sido una táctica de manifestación, sino un método policial para infiltrarse en movilizaciones, reventarlas y justificar el endurecimiento de la fuerza y las detenciones. Esta no fue la excepción. El gobierno hizo de todo para intimidar, denostar y desmovilizar la protesta; su preocupación fue manifiesta y no hay mejor exculpación para la represión que un grupo de vándalos agrediendo sin razón.
El bloque negro no acompañó la movilización, no marchó: simplemente apareció en el Zócalo, disperso en dos puntos. Un grupo a la entrada —la única entrada que el gobierno dejó abierta— que recibía a los marchantes cimbrando la plancha con cohetones, con el fin de arredrar y dispersar a la gente. El segundo estuvo al frente de las vallas de Palacio Nacional, preparados con máscaras de gas, martillos, palos, varios con radios y una evidente disposición que develaba organización. No eran jóvenes anarquistas ni improvisados: tirar los muros de acero requería conocimiento y preparación, y se logró. Una vez caídos, comenzó la represión.
Dieciocho jóvenes fueron aprehendidos; quince salieron en los días siguientes —y según la crónica de Gómez Villaseñor publicada en Nexos, donde se recaban testimonios alrededor de las detenciones— ninguno de los detenidos tenía relación con los hechos delictivos. “La orden era agarrar a quien fuera”, se lee en un testimonio del artículo. Simples transeúntes con mala suerte o manifestantes pacíficos fueron detenidos para dar sustento a la narrativa mentirosa orquestada desde el poder. Se les agredió, incomunicó y encarceló para posteriormente liberarlos argumentando falta de pruebas o errores en la operación. Un abuso de inicio a fin, mientras los verdaderos perpetradores se mantuvieron incógnitos y en libertad.
Respecto al bloque negro, no es su primera aparición; casualmente se apersonó en otras marchas con exigencias legítimas, acompañadas del interés gubernamental de colgarles descrédito. Es una fórmula clásica para el gobierno: no entienden la indignación fuera de sus filas. Aparecieron en las marchas contra la gentrificación, en las feministas del sexenio pasado, en las recientes conmemorativas del 2 de octubre. Todas legítimas, todas vapuleadas. Con la violencia siempre llega el descrédito que roba foco a las demandas que las motivó.
Hay novedad alrededor del uso político de este artilugio, y es su instrumentalización más allá de paralizar y desacreditar una movilización: se ha abierto paso a la creación de una narrativa que permite la persecución de líderes políticos de oposición en la CDMX. En el Congreso local, Morena ha llamado a crear una comisión para investigar los hechos violentos del 15N, imputando previamente acusaciones de operación y financiamiento del bloque negro desde y con recursos de las alcaldías Miguel Hidalgo y Cuauhtémoc gobernadas por dos de los alcaldes mejor evaluados de la ciudad. Así es como se exprime al máximo el potencial de un suceso.
El negro solo es el color que oculta la verdadera intención de un grupo en el poder. Dentro del caos causado hay una incógnita por resolver: ¿quién fue el principal beneficiario de la violencia desatada durante la marcha? ¿Los marchantes, la oposición, la derecha internacional? Si bajamos unos tonos al negro, se divisa un tono guinda, pero usted concluya.