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Columnas
Le cuento más sobre el libro El principito, o sea oficio de políticos. Los capítulos VII y IX tocan, respectivamente, la virtud y la fortuna como medios de adquisición del poder, ya sea con recursos propios o con los ajenos.
Aconseja en el VII no confiarse totalmente de la virtud, que no puede reducirse a regla general y que en política los recursos son de tres clases: dinero, reputación y relaciones que,a la vez, pueden poseerse antes de convertirse en político o adquirirse en la práctica. Informa que es más fácil subir y mantenerse en posiciones de gobierno teniendo recursos propios pero que quienes no los tienen de inicio, acaso sean más prudentes o incluso avaros en su administración, por causa del esfuerzo para conseguirlos.
Al cierre del apartado borda sobre otros dos recursos que sólo el tiempo otorga: experiencia e información y para la primera, cita a Luis Marcelino Farías hablando de la reelección legislativa como necesaria y para la segunda invoca a Fouché y J. Edgar Hoover que vieron pasar y sobrevivir regímenes de orientaciones contrarias. De la fortuna advierte: “un político no puede esperarlo todo de ella ni desesperar por no tenerla consigo.”
El texto entero merece atención serena y seria; minuciosa y completa. Es útil porque trae ahora ejemplos modernos de políticos y acontecimientos actuales que por su cercanía con el momento que corre, lo que genera mejor recordación, facilitan la comprensión de muchos aforismos y recomendaciones.
El libro me parece uno de esos textos necesarios que hay que tener a la mano para consultarlos con frecuencia. Retrata sin contemplaciones la dimensión completa de la condición humana frente al poder y al poderoso o poderosa (y del poder frente a sí mismo y a la ciudadanía). Lo califico como análisis crudo, pero también como una bien merecida reivindicación de la naturaleza y consecuencia verdadera de la buena política, que tanta falta hace.
Creo, en efecto, que la República y el Poder Judicial merecen mejor destino. Y no se trata de este o aquel partido en el poder, sino de certificar o no la convicción de servicio, pero también la acción oportuna y eficaz frente a coyunturas inéditas.
Y luego, como si estuviera hablando del nuevo poder judicial, advierte: “Porque hay muchos que se emplean en el oficio sin dotes, unos queriendo ser alguaciles… contables, frailes o usureros, otros más de vocación de comediantes… o bufones… Y eso se nota…”
Cierro con una frase del autor que explica esto mejor que yo: “Dícese mucho en este tiempo… que el desgobierno y la miseria y la violencia, y el desarreglo todo de la cosa pública es por culpa de los políticos. Digo yo que no. Que no es por los políticos, sino por la falta de ellos.”
@ElConsultor2