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Enseñar a aprender

Enseñar a aprender

Columnas jueves 18 de mayo de 2023 -

Los dos hechos más ilustrativos sobre el pulso político de la educación nacional esta semana: por un lado, el presidente AMLO anunció que ningún maestro deberá tener un sueldo mensual inferior a los 16,000 pesos mensuales. Por otro, Según una herramienta llamada “Compara Carreras”, del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), los maestros en México ganan en promedio 10,650 pesos mensuales, lo que representa un ingreso 17% menor comparado con el promedio de lo que perciben las personas con carrera profesional en el país.
Es cierto que, en muchas ocasiones, las discusiones sobre la educación nunca se tratan de la educación realmente. Y se entiende; de entrada, al ser uno de los gremios mejor organizados y más disciplinados políticamente (CNTE aparte), el magisterio es una corporación altamente cotizada para cualquier actor político. Al respecto, es interesante que, frente a las reformas del sexenio pasado que les quitaron muchas prestaciones y privilegios sindicales, el SNTE apoyó incondicionalmente las reformas del pacto por México.
Empero, hoy se muestran afines al gobierno que las revocó, y seguramente es más genuino este apoyo, simplemente porque para este presidente los sindicatos son actores fundamentales a los que más vale tener de su lado. Al interior de las organizaciones sindicales, las cantidades de dinero, plazas vitalicias y poder que se manejan, es inmenso. Ni siquiera hay que irse a las legendarias andanzas de Elba Esther Gordillo; hace poco, con la muerte del notable ex rector de la UDG, una de las grandes interrogantes era quién se quedaría con el control y legitimidad de mediación de intereses clientelares de los maestros en Jalisco, que fue lo que lo mantuvo como actor relevante a pesar de no tener ya puestos formales. Solemos pintar la dimensión política del magisterio como un arcaísmo de tiempos autoritarios, y pareciera que lo mejor sería disolver esa estructura.
No es así. Es cierto que muchos sindicatos se pervirtieron y se han vuelto focos de extorsión profesional, pero eso habla de los arreglos específicos del sistema político mexicano, no de la negatividad inherente de la organización laboral de la educación. De hecho, la educación como negocio (político o económico) tiene como primeras víctimas a los docentes, quienes se convierten en recursos humanos altamente reemplazables a los que hay que mantener con los menores costos posibles. Y esto se articula con el hecho de que, de acuerdo con los datos del comparativo del IMCO, la actividad docente está malpagada, aunque sea relativamente valorada socialmente.
En casi todo el mundo es una de las profesiones que se utiliza para distinguir valor social de valor de mercado. Esto conlleva otras consecuencias, como el hecho de que no abunden los profesores capacitados ni convencidos de lo que hacen. Sin romantizar el asunto, muchas vocaciones se pierden en los grados básicos porque el acercamiento a una ciencia o disciplina específica lo tienen los niños a través de un idiota o de un resentido que simplemente está del otro lado del escritorio por perdedor o por viejo. Eso no debería de ser admisible para dar clases. Los maestros, sobre todo en los niveles pre universitarios, tienen una importancia fundamental en la manera en la que encuadramos y damos sentido al mundo, así, sin exagerar. Por eso hay escuelas que sacan activistas, empresarios, notarios, investigadores o parásitos; porque el sistema educativo, lo quiera o no, es la herramienta más poderosa de refuerzo de estructuras y conductas. No podemos dejar de hablar del elefante en el cuarto, empero: ya no es sólo la educación privada, sino la pública, la que ahora se instrumenta dentro de un sistema de sensibilidades e incentivos contrarios a la jerarquía, la autoridad y la certeza, tres características que hacían posible la enseñanza tradicional.
Hoy los alumnos son los clientes, los directivos los vendedores del producto, y los docentes los “facilitadores”, no del conocimiento, sino del ánimo de los clientes. Por eso ante cualquier desencuentro, el docente pierde su trabajo y el estudiante es alentado a seguir “evaluando” mediente encuestas de satisfacción. Es un sistema tan perverso que no veo ni qué ventaja tiene para el educando, ni cómo salir de él. Pero a lo mejor nadie quiere salir de él mientras estos alumnos a los que no se les puede decir nada ni enseñar nada que ellos no quieran, tengan que construir puentes, tramitar amparos y operar corazones. Ese día estará interesante.


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