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Columnas
En política, los resultados pesan más que los discursos. El primer año de gobierno de Claudia Sheinbaum cierra con una balanza inclinada hacia logros, pese al intento de opositores por negarlos.
El Plan Nacional de Desarrollo ha trazado la continuidad de la transformación en la gobernanza pública del país: combatir la pobreza, reducir la desigualdad y consolidar un Estado fuerte. Hoy esos objetivos se traducen en cifras palpables. Los partidos políticos más cercanos al poder, PRI y PAN, se apersonan sin proyecto alternativo, se refugian en la descalificación, mientras sus voceros arrastran descrédito.
Durante estos últimos once meses, México mantuvo la inflación controlada, fortaleció reservas internacionales y recibió más inversión extranjera. La relación con el empresariado también cambió: ahora se acepta que se puede crecer sin corrupción, pagar impuestos y ofrecer mejores salarios, configurando un nuevo pacto social.
En el plano internacional, Sheinbaum ha mostrado un temple frente a Donald Trump, defendiendo la soberanía en migración y comercio. Además, los avances sociales han sido reconocidos por la ONU, que reportó una reducción real de la pobreza y un incremento de ingresos en los hogares más vulnerables del país. El Banco Mundial destacó el empleo formal y la inserción de mujeres y jóvenes como claves del progreso. Por si fuera poco, La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha subrayado logros en la libertad sindical, contratación colectiva auténtica, inclusión de trabajadoras domésticas y regulación del trabajo digital.
Por su parte, la ciudadanía respalda estos datos: incluso encuestas adversas la colocan con más de 70 por ciento de aprobación, confianza sustentada en resultados tangibles. El verdadero desafío, sin embargo, proviene del interior de Morena, cuyas tensiones internas y prácticas heredadas de la vieja política amenazan con minar la credibilidad, por lo que la depuración al interior del partido se vuelve indispensable para evitar repetir la historia del PRI o del PRD.
El futuro del proyecto transformador del país depende, en mucho, de la congruencia de sus cuadros. De nada sirve avanzar si los liderazgos reproducen hechos de corrupción, opulencia inconmensurable o desinterés por las causas más apremiantes. El reto presidencial y gubernamental es cortar esas raíces antes de que crezcan.
A pesar de esas sombras, el balance del primer año del gobierno federal es positivo: rumbo económico firme, programas sociales reconocidos internacionalmente y política exterior respetuosa de la soberanía. La oposición podrá negar, pero los datos hablan más fuerte que las consignas.
El Plan Nacional de Desarrollo no sólo está en el papel, orienta la política pública que ya transforma realidades, tanto en el ámbito federal como en la mayor parte de las entidades federativas.