El Congreso mexicano ha convertido la excepción en regla y la ausencia en hábito. Desde que la Cámara de Diputados formalizó las sesiones semipresenciales en octubre de 2023, lo que comenzó como una medida sanitaria por la pandemia, se volvió una costumbre cómoda. Los legisladores que deberían encarnar la representación popular ahora pueden sesionar, debatir y votar desde casa, desde un aeropuerto o desde un balneario.
El fenómeno no es anecdótico. Es un vaciamiento del principio republicano según el cual el poder se ejerce con presencia y responsabilidad. Representar implica estar ahí, frente al pueblo, frente al adversario, frente a la historia. Sin embargo, muchos diputados han hecho del “home office” una patética generalidad y cobran por estar presentes, pero legislan ausentes.
Además de viáticos, los ciudadanos invierten en darles oficinas, personal, asesores y equipo para que cumplan su labor con rigor. Y, sin embargo, muchos legislan desde lugares que solo exhiben desprecio por el mandato que ejercen.
Mientras el Congreso experimenta esta evasión digital, las reformas que verdaderamente cambiarían la vida de la gente siguen detenidas. La reducción de la jornada laboral a cuarenta horas, discutida desde 2023, se repite en cada periodo ordinario como promesa vacía. La reforma salarial que eleva los ingresos de maestras, médicos y policías fue aprobada el 24 de septiembre y el 9 de octubre de 2024, pero sigue congelada en el Senado: Gerardo Fernández Noroña, presidente de la Cámara Alta en ese periodo, no emitió la declaratoria de constitucionalidad, y Laura Itzel Castillo, que lo sucedió desde el 1 de septiembre de 2025, tampoco la ha firmado.
Y mientras no se trabaja para cumplir con la ley, sí se trabaja —o más bien, se vota— para facilitar la distancia. El 14 de octubre de 2025, la Cámara operó en modalidad semipresencial durante la discusión de la llamada Ley de Desamparo, una reforma que limita derechos de defensa frente al poder. La paradoja es brutal: se recortan libertades sin siquiera pisar el recinto.
Movimiento Ciudadano fue el único partido que votó contra de l permanencia de esa modalidad y el único que mantiene su trabajo presencial. Porque representar no es conectarse a distancia: es dar la cara. La política que se esconde tras una pantalla deja de ser poder público y se convierte en simulación privada.
El “home office legislativo” no es eficiencia: es un síntoma de descomposición. Sustituir la tribuna por la señal de Wi-Fi es, en sí mismo, un acto de renuncia.
No es modernidad. Es cinismo agraviante