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Imprevistos. Israel González Delgado

Imprevistos. Israel González Delgado

Columnas jueves 11 de agosto de 2022 -

Hace muchos años, una película llamada “el efecto mariposa” fue sumamente popular. El título hace alusión a la creencia de que los efectos últimos de cualquier cosa, por más frívola que parezca, pueden ser terribles e inimaginables, como que una mariposa agite sus alas en un extremo del mundo y el viento generado se acabe convirtiendo en un huracán, en el otro extremo. La trama del filme no era la gran cosa; una revoltura desaseada de vidas paralelas, viajes en el tiempo y sacrificio adolescente - ese que no ve más allá de la obsesión adolescente -. Pero sirve para introducir de forma amigable el tema de la teoría de la complejidad. Concretamente, que la vida humana es compleja porque presenta infinidad de variables, muchas de las cuales no tenemos presentes a la hora de tomar decisiones, sin importar qué tan preparados o cautos creamos que somos. Y, dramatismos aparte, tiene un núcleo de verdad, visible en la toma de decisiones colectivas, como las políticas públicas. Hace algunos años, el investigador Ulises Flores Llanos realizó un interesante análisis sobre una política estatal que le daba útiles escolares a los niños de una comunidad. Tanto los niños como los padres estaban encantados, así que la política, en términos estrictos, había sido un éxito. Sin embargo, a mayor detalle, resulta que uno de los municipios donde el reparto se llevó a cabo, tenía como uno de sus motores económicos transversales las pequeñas papelerías de barrio, que se fueron a la ruina debido a que ya nadie les compraba útiles. Eso, naturalmente, impactó a la comunidad en términos de empleo, consumo, fractura del tejido social y (aventuro, porque eso no lo dice el estudio) la posible ruina de otros negocios como efecto dominó. Espero haberlo explicado medianamente bien. En días pasados, algo similar está sucediendo con el tema de la comida chatarra, la recaudación, la economía de barrio y la economía nacional. Una encuesta de la Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes (Anpec), arrojó que las ventas en tienditas disminuyeron 50 por ciento respecto a octubre, y los productos que dejaron de comprarse son enlatados, huevo, botanas, dulces y lácteos.

También dice que 8 de 10 de los consumidores están solicitando fiado a sus tenderos, cuando en 2020, al inicio de la pandemia de COVID-19, eran entre 20 y 30 por ciento. Desde antes de la pandemia, pero con mayor ahínco después de ella, los actores políticos del sector salud hicieron un cabildeo intenso para que se aprobaran nuevas leyes de etiquetado, de manera que se lograra reducir el consumo de comida chatarra. La razón era que, por el tema de las comorbilidades, el Estado comenzó a ver que le cuestan mucho dinero los obesos, los hipertensos, los diabéticos y en general las personas que adquieren sus padecimientos crónicos por una mala alimentación, y las empresas de comida chatarra no cubren el costo de salud pública asociado. Hasta ahí se entiende esa política. Sin embargo, cuando se vuelve insostenible el confinamiento, lo primero que se reabre es el pequeño comercio. Y resulta que mucho de ese comercio, tanto de las tiendas como de alimentos preparados, es comida con muy poco valor nutricional, ya sea comida procesada de dulce y botanas, como la que se habla en la nota, como la “garnacha” callejera. El segundo ámbito de impacto es el de las finanzas públicas, porque con la economía cerrada y limitada sólo a sectores esenciales, más la lenta reactivación, el impuesto que más sufre es el ISR. Lo que hizo el gobierno fue aumentar las transferencias económicas a poblaciones vulnerables o de alto consumo (por eso es tan importante darle dinero a los ancianos y a los jóvenes). Y el experimento le salió bien. Lo que salvó un poco la recaudación en 2020 y 2021 fue el IVA, porque se alentó el consumo (y el consumo es sobre todo de comida y la comida es sobre todo esa, la barata y chatarra). Hay entonces una esquizofrenia en la dilucidación del bien colectivo, donde por un lado urge al gobierno incentivar a las personas a dejar de consumir comida nociva, y por otro lado, depende de su consumo (al menos por ahora) para sostener las finanzas públicas en época recesiva. Por eso la política es de grises, matices y males menores. Aunque no dé para producir héroes, sino políticos.


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