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Columnas lunes 09 de marzo de 2026 -

Los mexicanos fuimos entrenados a informarnos sólo en nuestro tiempo libre, nunca fue una responsabilidad, un compromiso o parte del interés natural por participar en la historia.
Es decir, informarse era parte del descanso, mitad espectáculo, mitad asombro. Nunca implicó esfuerzo alguno; al contrario, mientras más relajada estaba la persona informándose más porosa dispuesta estaba para la manipulación.

El mayor esfuerzo que un mexicano para informarse fue adquirir un periódico en la esquina. La realidad que estaba frente a sus ojos contradecía lo publicado, y, a pesar de ello, prefería creer en lo que los medios difundían.
Para esos medios, parte innegable de la corrupción de los gobiernos, todo estaba bien. La desarticulación de la realidad, era una especie de lectura de la novela de Julio Cortázar, Rayuela, cuyos capítulos son libres de asociarse a cualquier otro y la congruencia era un asunto individual.

El periodismo lo diseñaban los empresarios, el gobierno y los medios. Esos eran los editores que nada sabían de periodismo pero mucho de manipulación. Las escuelas de comunicación empezaron en México muy tardíamente, en 1949, creada por empresarios panistas.
De tal manera que los maestros eran no sólo militantes o simpatizantes de ese partido sino imitadores incondicionales del periodismo estadounidense en pleno macartismo.

La primera escuela de periodismo en el vecino país del norte se fundó en 1908, en Missouri. La carrera de periodismo en ese país se creó el 30 de septiembre de 1912.
La información invitaba diariamente a quedarse pasivos en el sofá, consumiendo un platillo que nunca eligieron, en una interacción que no implicaba compromiso ni equidad, sólo aprendizaje de la realidad a través de la observación disfrazada de espectáculo, diversión y frivolidad.
Nadie se preocupaba desde la emisión de noticias del desarrollo de los conflictos sociales, políticos, económicos, éstos aparecían por arte de magia, en una dualidad maniquea donde la moraleja se convertía en conducta inducida: los malos y los buenos.

A los malos les iba mal, por malos, y a los buenos bien, por razones obvias. Aunque esa no fuera la realidad. Desde luego, los intereses de los improvisados comunicadores, daban las noticias de acuerdo con sus intereses, no con la verdad.
La buena o mala educación no la medían las escuelas de sus hijos sino por lo que la televisión instruía, incluso amaestraba deteriorando toda estrategia educativa. El análisis y la reflexión estaban prohibidos, sutil pero evidentemente. La verdad la garantizaba el micrófono y la pantalla de televisión, el público de los medios electrónicos, daba fe de una realidad que desconocían. Costumbre que persiste, el ejemplo claro es la percepción de algún segmento de la sociedad, sobre Venezuela, sin tener más referente que la transmisión de los medios convencionales sobre ese país.

Esto ha cambiado muy lentamente en la información.


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/CR

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