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Instrucciones para buscar una Rayuela en Montparnasse

Instrucciones para buscar una Rayuela en Montparnasse

Entornos martes 12 de febrero de 2019 - 06:02


POR RUBÉN MACHAEN

Todas las noches de febrero llovía en París. Lo supe al tercer día caminando por las calles de Montmartre con mi hermano mientras planeábamos la agenda del día siguiente: él quería ir a una exposición de carros modernos y yo al cementerio de Montparnasse a visitar la tumba de Cortázar. A él no le gustaban mis planes y a mí tampoco los suyos. Fuimos a la exposición de carros y me tomé un par de fotos en armatostes aerodinámicos y carísimos y después nos fuimos al cementerio.

-¡Esto sí es lejos, hermanito!

Mi hermano siempre ha estado apurado y mientras hacía esa primera observación, yo veía la tumba de Jean Paul Sartre, el hombre que nos robó la felicidad, junto a Simone de Beauvoir. Contrarreloj empezamos a buscar la tumba de Cortázar y por un momento me distraje frente a la última morada de Baudelaire.

– Bueno, ¿Y luego?, ¿Vinimos a París a perder el día en un cementerio?

De ambas tumbas tomé una foto. Por un lado entendía la incomprensión de mi hermano ante el placer morboso de visitar la última y definitiva morada de un fulano y por otro quería que me dejara acometer mi tarea en paz.

Los minutos pasaban y hacía frío. El cementerio estaba solo y no dábamos con la tumba del cronopio mayor; era casi medio día y mi hermano repetía cuán lejos estábamos de no sé dónde. Cuando por fin di la tarea por perdida, un grito me sacó de la profunda tristeza de la misión fracasada:

– ¡Aquí está!

– ¡¿Quién?!

– ¡Tu escritor!

Corrí guiándome por la voz y falto de aire me posé frente a la tumba de mi escritor favorito.

– ¿Y ahora qué?- preguntó mi hermano. —Ponte ahí, pues, y te tomo una foto.

Me agaché junto a la lápida y no sabía si sonreír o poner cara de tristeza. Tierno homenaje que la foto saliera movida. Tomó otra y antes de irnos abrí mi cartera sin saber qué buscaba. Encontré una copia de mi identificación y la deposité en un huequito donde alguien, no hace mucho, le había dejado flores. Caminamos hacia la salida y le propuse una nueva parada:

– En el Père-Lachaise está la tumba de Jim Morrison. ¿Vamos?

– Ni de chiste.

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IM/CR

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