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Columnas
Para México no fue un logro menor haber obtenido la sede de los XIX Juegos Olímpicos de la era moderna, asignados por el Comité Olímpico Internacional (COI), en 1963, durante el sexenio de Adolfo López Mateos. Por entonces, el deporte olímpico no estaba tan contaminado por la danza de los millones de los tiempos actuales, en que todo suele reducirse a quién da más como si se tratara de una subasta. Uno de los mejores argumentos que el país presentó ante los jerarcas del COI para convencerlos de que éramos la mejor opción, fue el gran éxito obtenido con la Carrera Panamericana México a principios de la década de los cincuenta, que resultó uno de los mayores eventos deportivos en la historia, cuya organización fue impecable e hizo voltear los ojos del mundo hacia tierras aztecas.
Significó todo un reto la realización del magno certamen que hasta entonces sólo países ricos habían podido llevar a cabo; fue la primera vez para un país en vías de desarrollo (y latinoamericano) e implicó un esfuerzo titánico para el gobierno, cuyos recursos financieros eran bastante limitados. Se tuvieron que construir la mayoría de sedes e instalaciones para las competencias, así como alojamientoscómodos y modernos para atletas, jueces y entrenadores, mismas que se convertirían en unidades habitacionales una vez terminada la justa olímpica.
El Comité Organizador, bajo la dirección del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez cumplió brillantemente con su encargo; supo administrar eficientemente el dinero y no se limitó al aspecto puramente deportivo, fue más allá: emulando a los antiguos griegos de Olimpia, quienes reunían poetas, filósofos y artistas durante los juegos, se dio a la tarea de efectuar una olimpiada paralela de corte cultural, artístico y científico organizada por un departamento especializado. A lo largo de todo 1968 hubo una serie de presentaciones con artistas de noventa y siete países que se expresaron en un colorido mosaico de arte y tradición multicultural con música, danza y teatro, para el disfrute de habitantes y turistas en la Ciudad de México.
Asimismo, al escultor mexicano de origen alemán, Mathías Goeritz (autor de las famosas Torres de Satélite, entre muchas obras importantes), se le ocurrió un corredor escultórico sobre el Anillo Periférico, desde San Jerónimo hasta Cuemanco; tramo de 17 kilómetros que abarcaba precisamente las obras de ampliación que se estaban ejecutando. El resultado fue “La Ruta de la Amistad”, que en su momento fue el corredor más largo de su tipo en el mundo; un total de diecinueve esculturas de artistas de diversos países que adornaron el Periférico,dejando una huella perdurable de nuestra olimpiada para las futuras generaciones. Ya en el siglo veintiuno, como consecuencia de la construcción del segundo piso del Periférico, siete de las esculturas fueron movidas de sus emplazamientos originales para ser colocadas en el cruce de esta vía rápida e Insurgentes Sur. Cosas del “progreso”.
No hay duda que en la actualidad recordaríamos los Juegos Olímpicos de México 68 como unos de los mejores y más brillantes de la historia de no ser por la brutal represión que el movimiento estudiantil sufrió a manos del gobierno la aciaga tarde-noche del 2 de octubre en Tlatelolco, lo que es y será una mancha imborrable en la memoria colectiva. Hasta el próximo jueves…