En 1958 se publicaba una historieta cuyo protagonista era El Santo, la cual tenía un éxito más que notable. Ática, una pequeña compañía fílmica vio la oportunidad de realizar cintas donde el héroe fuera precisamente El Enmascarado de Plata. Al aceptar convertirse en actor de cine dio el paso definitivo hacia la consagración como la máxima figura no sólo de la lucha libre, sino también de la taquilla cinematográfica. Las dos primeras cintas de El Santo, quien tuvo como coprotagonista a Joaquín Cordero, fueron filmadas casi simultáneamente en la isla de Cuba, con un presupuesto bajísimo y medios técnicos verdaderamente rústicos. El rodaje terminó pocas horas antes de la entrada triunfal de “los barbudos” revolucionarios de Fidel Castro en La Habana.
Gracias a su incursión en el celuloide, El Santo se volvió una estrella rutilante, verdadero “showman” presente en todos los ámbitos del mundo del espectáculo. El cine fue la llave de la internacionalización de nuestro súper héroe; gracias a este, tanto su propia imagen, como la del país, recorrieron el mundo entero, llegando incluso a varios países árabes. En un momento dado, el plateado se convirtió en una especie de embajador de la cultura popular mexicana, muy a pesar de los intelectuales, quienes, encerrados en su mundillo, se negaban a reconocer y aceptar la importancia de las películas de El Enmascarado de Plata, no como obras de arte, pues nadie puede afirmar que lo sean, sino como un fenómeno cultural, un símbolo con el que se identificaba todo un pueblo necesitado de protección, aunque fuera contra monstruos de peluche y no contra los políticos nefastos.
Santo fue el máximo representante del cine de luchadores, si bien antes de que filmara su primera película ya habían sido realizadas más de una docena de cintas del género. El secreto del plateado radicó en buena medida en su actitud frente a la cámara; trató siempre de aprender de los verdaderos profesionales de la actuación, fue humilde y gracias a ello, grandes actores, como el villanazo del cine nacional, Carlos López Moctezuma, le ayudaron a sacar adelante el trabajo. Sin ser actor, tuvo ese algo que poseen los mitos, cierto toque o carisma que lo hicieron único e irrepetible. Su fama trascendió la simple manipulación de los medios; de no ser así, resultaría difícil explicar por qué otros luchadores metidos al cine, como Blue Demon, Mil Máscaras y Huracán Ramírez, no tuvieron ni de lejos el éxito del atómico.
Al lado de Demon estelarizó varias cintas, pero el pique profesional entre los dos ídolos de las luchas provocó el fin de su relación cinematográfica; los antiguos rivales en el ring no congeniaron mucho como estrellas de cine. Fue algo hasta cierto punto previsible, dado que por lo general los productores preferían contar en primer lugar con “el toque plateado”, verdadera garantía de salas a reventar y por ende grandes ganancias.
El reconocimiento que Santo alcanzó en México y más allá de sus fronteras sólo es equiparable al de Pedro Infante, Jorge Negrete, Cantinflas (quien siempre envidió su popularidad) y muy pocos más. En sus, alrededor de cincuenta películas se vio enfrascado en una lucha sin límite de tiempo contra el mal, representado por los más inverosímiles y disparatados villanos: estranguladores, extraterrestres, el mismísimo conde Drácula, Frankenstein acompañado de su hija –la de Frankenstein–, jinetes del terror, momias, zombies y otros personajes hilarantemente terroríficos. La mejor época en la carrera cinematográfica del enmascarado se dio en los 1970; llegó a filmar hasta tres cintas al año, casi todas con gran éxito de taquilla, tanto así, que su protagonista cobraba más que ningún otro artista mexicano por actuación. Continuará…