Cuando recién iniciaba la Gran Guerra, el frente occidental vivió un milagro en donde una carnicería se estaba desatando, ante la inconsciencia de los líderes de una era que jamás vislumbró que la tecnología se tragaría los sueños imperiales del siglo diecinueve, en los campos de las Ardenas.
Ese hecho portentoso inició con un famoso cántico nacido en el Imperio Austro-Húngaro: “Noche de Paz”. Era Navidad y entre las trincheras apareció la melodía a coro de seres lacerados por una violencia inaudita que simplemente jamás debió de haber ocurrido.
Los Imperios británico y alemán, debatiendo su predominio en las trincheras, se dieron un abrazo sorprendente a través de sus jóvenes soldados que recordaron un gesto humanitario que es, quizá, uno de los más hermosos que el occidente cristiano legará a los tiempos: la navidad. Los soldados salieron de sus tumbas miserables para caminar en torno al campo repleto de alambres de púas, cráteres y trozos de cuerpos descompuestos. Se dice que intercambiaron regalos, jugaron fútbol y se abrazaron, para que todo terminara en la noche de una navidad sobrecogedora y tan remota, en un contexto donde se jugaba la génesis de la conciencia desgarrada contemporánea, como si el Occidente orgulloso e imperial viviera desde entonces atrapado en una depresión crónica que pretende olvidar mediante materialismos vacuos y un olvido de su historia; como si el vivir en el sinsentido supliera ese cosmos onírico de la Belle Epoque, asesinado por la necedad de un contexto de venganza, miseria y demagogia.
Stephan Zweig, el famoso autor de “El Mundo de Ayer”, rememora ese mundo perdido de la Viena Imperial, que fue su muy amado mundo perdido, el paraíso arrebatado que desde el exilio en Petrópolis, escucharía un par de balazos que tanto al autor vienés como su esposa, presas de esa tristeza occidental, les llevaría a la muerte que los soldados de las trincheras se negaban con justa razón a afrontar. La violencia se puede olvidar al menos con el abrazo del ser querido, o a la distancia, cuando las penas son tales que el suspiro navideño nos recuerda un poco de lo de mágico tiene una sociedad obesa en su materialismo.
La tregua de la navidad de 1914, en ese oscuro contexto, sin tener la misma magnitud, aunque sí el sentido de desazón que experimentamos los que hemos vivido la pandemia y los necios desaciertos políticos -muy parecidos a esa generación capaz de arrojarse al abismo de la guerra-, podemos emular esa paz idealizada para no correr a la dramática situación que la Gran Guerra generaría al borrar del imaginario el encanto de la vida, para sustituirlo por el odio y el desprecio del otro. Siempre a todos: feliz navidad.