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Columnas
En el México de 2025, la Universidad Nacional Autónoma de México se mantiene como una de las pocas instituciones que resisten, desde dentro del Estado, sin rendirse al poder. Por su historia, su presente y su potencia crítica, la UNAM sigue encarnando el pensamiento libre, la cultura humanista y el saber científico al servicio del pueblo.
En un país marcado por la desigualdad y el deterioro de la educación básica, la UNAM representa una esperanza para miles de jóvenes: cerca del 60% de su estudiantado proviene de sectores populares. Sigue siendo el principal motor de movilidad social y un espacio de democratización del conocimiento. A pesar de no haber recibido incrementos reales sustantivos a su presupuesto en los últimos seis años, produce más del 50% de las publicaciones científicas del país y mantiene presencia constante entre las mejores universidades del mundo.
Pero precisamente por su relevancia, la UNAM se encuentra hoy bajo múltiples amenazas. Existen intereses políticos que buscan subordinarla a agendas de partido o de gobierno; presiones internas que simulan radicalismos pero reproducen intolerancia; simulaciones académicas que vacían de sentido la crítica, y autoritarismos administrativos que amenazan su pluralidad. Estas tensiones buscan desfigurar a la universidad pública y convertirla en una institución dócil, sin pensamiento incómodo ni crítica estructural.
La universidad no es sólo un espacio de producción de saber, sino el lugar donde se disputa el sentido de lo público, de lo racional y de lo común. Es, como pensadores como Habermas o Fraser han planteado, uno de los últimos bastiones para imaginar futuros emancipatorios frente a un presente fetichizado. Por eso es atacada: porque aún representa una posibilidad de pensamiento no alineado.
Frente a ello, no cabe la tibieza. Es imprescindible rechazar a quienes actúan con autoritarismo o simulación a su interior; a quienes usan el chantaje como herramienta; a quienes confunden crítica con destrucción. La crítica es consustancial a la vida universitaria, pero debe construirse desde la honestidad intelectual, y el compromiso auténtico con la comunidad universitaria.
La UNAM no es perfecta. Requiere democratizar sus estructuras, incluir voces históricamente excluidas y repensar sus formas de producción de saber. Pero estos cambios deben surgir desde su interior, desde una comunidad crítica y viva, no desde la imposición ni la subordinación ideológica. Debe decirse con todas sus letras: no debe permitirse que se intente convertir a nuestra máxima casa de estudios en una especie de “apéndice de proyectos partidistas”, ni en simulacro de una supuesta revolución académica que nos llevaría a la mediocridad y a la renuncia de la búsqueda de la excelencia en el saber.
Reivindicar su autonomía es una posición ética: sólo si conserva la capacidad de decir “no” al poder, podrá cumplir su función histórica. Hoy, defenderla es defender la posibilidad misma del pensamiento libre. La educación continua, la investigación de frontera y la producción cultural no se sostienen por inercia, sino por una comunidad que aún cree en la dignidad del saber y en la potencia de educar en libertad.
Investigador del PUED-UNAM