Vivimos en la era de la hiperconectividad. Las redes sociales han demolido las murallas de la censura tradicional. Ya no hace falta un micrófono prestado por una televisora, ni un espacio en una columna impresa. Basta un teléfono inteligente y una cuenta para que cualquier ciudadano pueda lanzar su palabra al mundo. En teoría, la libertad de expresión nunca había gozado de tantos canales. Sin embargo, la realidad es más compleja y más peligrosa.
Aunque censurar como se hacía en los tiempos de las dictaduras clásicas es hoy prácticamente imposible, los riesgos del libre ejercicio de la palabra se han multiplicado. La amenaza ya no viene solo del poder político, sino de un actor mucho más letal y menos predecible: el crimen organizado.
México es hoy el país más peligroso para ejercer el periodismo sin estar en guerra. Según organizaciones internacionales, cada año se suman nombres a la lista de periodistas asesinados, desaparecidos o desplazados por informar. Y no hablamos solo de grandes reportajes de investigación: basta con publicar una denuncia local, subir un video a Facebook, criticar a un jefe de plaza o cuestionar a una autoridad coludida para firmar tu sentencia.
Los gobiernos –federales, estatales o municipales– intentan limitar la crítica con leyes ambiguas, campañas de desprestigio o presiones institucionales. Pero eso, al menos, es visible, se puede combatir en tribunales, en medios o en la arena pública. El problema más grave es el otro: el silencio que imponen las balas, las desapariciones y la impunidad.
Cuando un periodista desaparece en Tamaulipas o es asesinado en Guerrero, el crimen no es solo contra él o ella, es contra todos. El silencio impuesto por el miedo es mucho más efectivo que cualquier decreto. No hay censura más eficaz que la autocensura producto del terror.
Las redes sociales son una bendición para la libertad, pero también un nuevo frente de riesgo. Muchos comunicadores que han sido silenciados en sus localidades recurren a estas plataformas para denunciar. Y también ahí los encuentran. El crimen organizado ya no solo controla territorios físicos, también vigila los digitales.
Mientras haya impunidad, no habrá verdadera libertad de expresión. Mientras matar a un periodista sea más barato que enfrentar una denuncia, el mensaje será claro: informar mata.
Censurar hoy es imposible, pero callar sigue siendo letal. Y la libertad no se mide por cuántos hablan, sino por cuántos pueden hablar sin temor. Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.