La configuración del capitalismo global ha consolidado formas de poder que exceden la tradicional dicotomía Estado-mercado. Emblemáticamente esto se observa en el Estado norteamericano contemporáneo, el cual actúa como si fuese una gran corporación transnacional cuyo principal activo no es solamente su economía productiva, sino su capacidad de poner en marcha el ejército con mayor capacidad destructiva de la historia para la realización de fines estratégicos que, en apariencia normativa, se justifican como políticas estatales, pero que, en su núcleo, remiten a intereses de poderes económicos híper concentrados.
El regreso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos no puede entenderse sin situarlo en este entramado de relaciones entre poderes económicos, militares y geopolíticos. El perfil de este liderazgo -el rostro visible de un conglomerado de intereses que van desde la industria armamentista hasta los sectores del capital financiero más retrógrado- remite directamente a la visión cuasi profética de Eisenhower sobre el complejo militar-industrial.
En su discurso de despedida de 1961, Eisenhower advirtió que la estrecha relación entre la maquinaria militar y varios sectores económicos, pondrían en peligro las libertades democráticas si no se ejercía un contrapeso estatal efectivo; ante ello, la expansión de esos poderes y su entrelazamiento con el capital ha sido más profunda y, en muchos casos, menos cuestionada de lo que Eisenhower pudo anticipar.
Al observar los acontecimientos recientes en Venezuela, y lo que parece que se avecina en Cuba e incluso en México, se revela una continuidad en las prácticas de dominio geoestratégico que remiten tanto al neoliberalismo tardío como a modalidades revivificadas de imperialismo. En el discurso oficial norteamericano se enfatiza la legitimidad de estas acciones en términos de lucha contra el narcoterrorismo y la restauración de la “seguridad energética”; la palabra “petróleo” ha ocupado un lugar desproporcionado en los pronunciamientos, subrayando el carácter extractivo y corporativo de estas iniciativas.
Desde una lectura crítica, la corporación-Estado que encarna el actual gobierno delos EEUU, muestra cómo la racionalidad instrumental toma un cariz de absoluto: el valor supremo declarado no es la libertad, el bienestar o la emancipación de las condiciones humanas, sino la acumulación de poder, la maximización de beneficios y la perpetuación del control sobre recursos estratégicos. En este sentido, la metáfora de una gran corporación global que dispone de un ejército hegemónico para proteger y expandir sus intereses económicos es una descripción efectiva de las dinámicas del poder realmente existente en un capitalismo cada vez más voraz y despiadado.
La advertencia de Eisenhower puede leerse hoy como la señal de un proceso en el que las formas democráticas se subordinan a lógicas corporativas y tecnocráticas de acumulación, mientras la política se instrumentaliza para reproducir relaciones de dominación global. En este escenario, el desafío crítico consiste en desmantelar las ilusiones del discurso democrático-liberal y articular una praxis política que enfrente efectivamente la centralización del poder en manos de una corporación de Estado-Capital y evitar que siga reconfigurando al capitalismo global a su imagen y semejanza.
Investigador del PUED-UNAM