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Columnas
Extorsionador por excelencia, con vicios solamente superados por su crueldad y sus mentiras. El bárbaro Atila, líder de una tribu salvaje del Asia Central que migró al Centro de Europa, se convirtió en el terror de la civilización occidental, mediante incursiones masivas que dañaron gravemente la institucionalidad del sistema gubernamental romano, en un momento donde los respectivos territorios de Roma de Oriente y Occidente se debatían con montañas de bárbaros en sus fronteras.
Los salvajes que le siguieron efectivamente vivieron cautivados por la presencia redentora del carismático tirano que, con tal de evitarlo, los gobiernos imperiales caían en el juego de manipulación extorsionadora con la que el huno confrontaba a sus contrapartes: siempre pagándole tributo.
La violencia como elemento legitimador, tiene posibilidades cuando el caos reina y se ofrece la esperanza transformadora a manera de redención. Puede tener la violencia como justificación, un mito idealizado promotor de la venganza, por ejemplo, asumiendo reales o ficticias ofensas que siempre se pueden dar a la especulación, pero que pierden crédito cuando ya posicionados en el objetivo previsto, incurren en los mismos errores que antecedieron su dominio. La crueldad del huno solamente es superada por la incapacidad de sus salvajes testaferros, que gobernaron con mentiras, para tapar sus ineficiencias.
Delincuentes en el poder se traduce en una crisis de legitimidad, y si además son imbéciles, los errores abonarán con el desprecio de una población a la que en su cara le niegan la evidencia de sus delitos: si contaminan el agua como venganza -cosa que en nuestro tiempo se considera un delito de lesa humanidad-; no aceptan la existencia de piras sacrificiales como las que pueden extenderse en un territorio completo, ante el terror de habitantes que no pueden ser reducidos a las dádivas miserables de apoyos monetarios, pues cualquier limosna se envilece, cuando a cambio es la vida de los ciudadanos la que peligra. Ineficaces, acomplejados, miserables y vengativos, los hunos pagaron el coste de su salvajismo con el rápido derrumbe de su imperio.
Históricamente el Imperio Romano legó en su derecho, la posibilidad de incorporar a pueblos y dioses en sus tierras, a cambio de una cosa: respetar la legalidad vigente. Si los grupos que violan los acuerdos y por interés propio trabajan para su destrucción, se confrontan no sólo con el gobierno, sino con los pueblos que tienen el deber de defender sus instituciones como Roma lo hiciera con los salvajes en la batalla de los Campos Cataláunicos, donde el brillante general Flavio Aecio, hizo con aquellos que habían saqueado Adrianópolis, lo que todo transgresor de la ley merece. Alanos, visigodos y francos (aliados de Roma) dieron el triunfo a la civilización sobre la barbarie, porque de eso trata esta lucha.