La comida de Los 300, organizada en el Estado de México, recuerda el último día de 1958, donde la oligarquía cubana no advertía que eran parte del pasado y celebraban la llegada de un año lleno de esperanza. No fueron capaces de advertir que su país estaba cambiando radicalmente y celebraban, involuntariamente, su salida hacia Miami en unas horas.
Así en la decadente comida de los autodenominados líderes transformadores, que sólo muestran que se les extravió el calendario, donde la derecha se celebra a sí misma. Los convocantes y convocados viven tiempos que son parte del pasado más vergonzoso del país. El liderazgo ya no se mide por el número de notas en los medios convencionales o por las fotos en la sección de sociales, sino por sus vínculos con la gente.
Ninguno de ellos es capaz de saludar a cualquier persona en la calle, pasan lo más lejos posible de los espacios que consideran “peligrosos”, son peligrosos al cuestionar la percepción que tienen de la realidad.
Ante esta realidad que es evidente para los mexicanos, resulta poco probable que algunas personas no se hayan dado cuenta, porque el presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, sabía perfectamente de qué se trataba esa reunión: de compartir el poder.
El ego es más grande que la razón para algunos y el simple hecho de ser denominado líder ya es un logro como si hubieran obtenido un título nobiliario. Ahora falta saber quién les denomina líderes.
Para los organizadores el liderazgo se mide por los cambios que sus invitados hicieron en la sociedad. Pero se desconocen cambios que hayan provocado Carlos Marín, Chumel, Dóriga, Azucena Uresti, Norberto Rivera Carrera, Sandra Cuevas, Alessandra Rojo de la Vega, Jorge Romero, Ceci Flores, Javier Alatorre, entre otros más cercanos al presidio que al señorío feudal en el que viven.
La actitud de Hugo Aguilar Ortiz debió ser tomada por compañeros del movimiento para no parecer ingenuos. No estamos en guerra, pero tampoco en posición de armonizar hasta el abrazo con quienes hubo balazos y maltrataron a la población que ahora dicen defender.
Es tiempo de diferencias pasado de presente, y definir con precisión para los confundidos, desigualdades que siempre han existido pero no siempre advertido. Debe demostrarse que no somos iguales en cada detalle, sobre todo en las discrepancias sociales, que sirvieron de base para practicar diariamente la discriminación, el clasismo, la explotación, el denuesto.
La derecha puede organizar las comidas que guste, lo imperdonable es la asistencia de algunos que fueron a atestiguar cómo el liderazgo, su liderazgo, se comparte sin autorización del pueblo.
Fue una comida en dos tiempos: el pasado, protagonizado por nostálgicos que intentan recuperar privilegios, y, al mismo tiempo, en su doble personalidad, se dicen transformadores. ¿Cómo?