El Mundial 2026 será mucho más que una fiesta deportiva. Con su presentación oficial, la presidenta Claudia Sheinbaum no sólo dio el banderazo al evento más reconocido: colocó a México en el centro de un mapa mundial que hoy necesita puntos de encuentro más que fronteras. Mientras el mundo atraviesa tensiones políticas y diplomáticas, nuestro país asumirá una de las tareas más nobles que puede tener una nación: abrir sus puertas a todos. Así ha sido México; yo lo conozco solidario.
En una Copa del Mundo compartida con Estados Unidos y Canadá, México será la sede donde las diferencias se transformen en convivencia. No es casualidad. Tenemos una historia que nos respalda como país anfitrión, capaz de recibir a selecciones que quizá no podrían jugar en otras esferas del mundo por razones políticas, culturales o de seguridad. Desde el Estadio Azteca —símbolo mundial del fútbol y de nuestra identidad, por tercera vez sede inaugural— hasta Guadalajara y Monterrey, México puede ser la casa de los encuentros entre naciones.
La presidenta habló de infraestructura, de derrama económica y de una proyección internacional sin precedentes: una derrama de hasta 3 mil millones de dólares, producto de la llegada de visitantes, la inversión turística y las actividades culturales y deportivas vinculadas al torneo más conocido del mundo. Pero detrás de los números está la oportunidad de proyectar un mensaje más profundo: México puede mostrarse como una nación que apuesta por la paz, la hospitalidad y la diversidad, en un momento donde el deporte vuelve a ser el lenguaje que une.
Imaginemos un Mundial donde jueguen países con relaciones diplomáticas distantes o tensas; donde las banderas que no ondean juntas en otros foros convivan en la misma cancha. Si eso ocurre, será una muestra de que México no sólo es sede, sino anfitrión de los pueblos y puente cultural. En tiempos de polarización, eso ya es un triunfo.
Por eso, cuando la presidenta dice que este Mundial es una oportunidad para “mostrar lo que somos”, el reto es tomarlo literalmente: mostrar nuestra capacidad de organización, pero también de empatía; nuestra seguridad, calidez y espíritu abierto.
El 11 de junio de 2026, cuando el balón ruede en el Azteca, el mundo volverá a mirar a México. Y ojalá vea algo más que un partido: vea una nación que supo convertir el fútbol en un acto de hospitalidad global, una tarea nada sencilla en la que el comité organizador, presidido por Gabriela Cuevas, tiene un gran peso: dejar un legado.
Zarpazo
Lamento profundamente el asesinato de Carlos Manzo, un político que entendía la política desde el territorio. Lo empecé a seguir en redes por sus TikToks atrevidos y desenfrenados: era original, auténtico. Su viuda, Grecia Quiroz, sus hijos, su familia y su pueblo en Michoacán son quienes encarnan esa pérdida con un dolor que no se explica en palabras. Y ahí queda su legado: ese sombrero convertido en un movimiento político y en emblema de cercanía, con su gente.
Tras su muerte, el Gobierno federal presentó el Plan Michoacán por la Paz y la Justicia, una respuesta necesaria ante la violencia. Pero más allá de los anuncios, en el ejercicio de la administración pública hay una premisa: la mejor política pública es la que se percibe y no se explica. Ese es el verdadero reto de la presidenta y del secretario de Seguridad Omar García Harfuch, así como de todas las áreas de seguridad del Estado: que la paz no se explique, que se sienta.
Ivonne Arriaga
Asesora en comunicación política con enfoque en narrativa y estrategia gubernamental.