Por José García Sánchez
Cuando Morena no obtiene mayoría aplastante y de manera clara, es decir, sin que se consulte las leyes, algunos interpretan como derrota sólo los resultados electorales.
La pluralidad como derrota de Morena, es el lema mediático de una oposición que no se reconoce ni en el triunfo ni en la derrota, sólo sabe que perdió la mayoría parlamentaria, pretexto único para unificarse. Pesó más el descontento con el partido en el poder que los méritos políticos de una oposición que le apostó a todo al desacredito, sin elaborar propuestas concretas.
Hay dos morenas, la cúpula, y las bases. Son tan diferentes que no se identifican ni siquiera en las campañas y menos aún en el ejercicio del poder. El proyecto de la 4T ya no necesita a Morena y se irá alejando poco a poco del poder a través de derrotas electorales junto con liderazgos que se añejaron en el ejercicio del poder como el de Dolores Padierna y Pablo Gómez, sin darse cuenta de su caducidad.
El resultado no fue una victoria de la oposición que buscaba la mayoría del Congreso, tampoco se trata de una derrota del partido en el poder, la contienda electoral se convirtió en una pugna entre pasado y futuro. Tiempos con los que luchan en su interior tanto el poder como la oposición. Tanto partidos como alianzas, libran una batalla entre tiempos y conciencia que se convierte en pandemia para una clase política rebasada por la sociedad.
Puede advertirse que en espacios ganados por partidos diferentes a Morena, lo peor que les pudo haber pasado fue ganar las elecciones, como sucede en Nuevo León, donde se cancela la posibilidad de negociar y crear alianzas parlamentarias entre Morena y Movimiento Ciudadano, por la fragilidad del gobernador, y su necesidad de diferenciarse del resto de las fuerzas políticas en busca de identidad, aunque en la práctica esa originalidad sólo muestre incompetencia por la carencia de propuestas reales que en campaña se limitaron sólo a ganar en las urnas como un fin en sí mismo.
Lo que llama la oposición derrota es parte de un proceso político y, lo que denomina triunfo electoral, representa el peligro de ejercer administraciones muy parecidas a las del pasado, no conoce otras. Lo vetusto no es propio de la oposición tampoco del partido en el poder, es un síntoma de decadencia de quienes no ponen a tiempo su reloj social y político. Morena y la oposición se quedaron rezagadas ante una sociedad que caminó más rápido que el partido que gobierna y que una oposición que tiene, todavía, como principal y único proyecto derrocar al gobierno.