Esta columna no pretende ser ni una apología ni una oda a la informalidad. Dicho lo anterior, no puede entenderse (ni dimensionarse) de forma adecuada la economía, la sociedad y las tensiones políticas mexicanas, sin tomar en cuenta el papel, preponderante y definitivo, de la informalidad económica en todas sus vertientes. Por eso es de extrañar la poca importancia que le han dado los renacentistas de la prensa y la televisión (esos que saben de todo) a uno de los documentos más ambiciosos que ha publicado el INEGI los últimos años: la medición de la economía informal en el país.
Aunque presenta datos preliminares, son sumamente reveladores, y son de bastante más ayuda que las estimaciones económicas de organismos internacionales o de think tanks de panistas donde, como ni les gusta, ni la entienden ni saben medirla, hacen de cuenta que la informalidad no existe.
Según el documento de trabajo aludido arriba, la contribución de 23.7 % del PIB informal se generó por 55.8 % de la población ocupada en condiciones de informalidad. Asimismo, 76.3 % del PIB lo generó el sector formal, con 44.2 % de la población ocupada formal. En otras palabras, por cada 100 pesos del PIB del país, las y los ocupados formales generaron 76 y 24 quienes están en la informalidad. Vamos a lo más obvio a manera de profilaxis: lo ideal es que toda la actividad económica estuviera en el sector formal. Para los trabajadores, eso implica que tendrían todos seguridad social y prestaciones garantizables (en sentido jurídico) y verificables. Para el Estado, la riqueza producida está sujeta a una serie de gravámenes que aumentan su recaudación impositiva. O sea que pagan impuestos y el Estado los aprovecha. Esta es la principal traba y resistencia para los empresarios y militantes libertarios, que ven toda actividad del gobierno como burocracia innecesaria y todo impuesto como una confiscación. Lo malo es que todos (también los anti estatistas) necesitan de las instituciones estatales, las calles pavimentadas, los semáforos, los policías, los tribunales, el ejército, las leyes que les permiten, entre otras cosas, publicar sus ideas anti normativas sin represalias, en fin, volvamos a Hobbes y su descripción del estado del ser humano cuando no hay Estado; ahí está todo. Una de las grandes dificultades del desarrollo nacional durante décadas, ha sido que México se sienta a jugar a la mesa de los ricos sin tener dinero.
Por eso cuando nos comparan con los miembros del T-MEC, o con los miembros de la OCDE, salimos siempre en último lugar y sin vergüenza. Y eso empieza con el enanismo tributario del Estado mexicano. Víctor Orbán, presidente de Hungría (que por otra parte está en la lista negra de los defensores de la democracia, y con razón), tomó una decisión radical, que le permitió ampliar la base gravable y obtener recursos como nunca antes: subió el IVA considerablemente, pero también bajó el ISR considerablemente. Así, premió a los formales que de un día a otro vieron cómo crecía su salario de forma importante (imaginemos los asalariados que de repente nos retuvieran 10% de ISR y no 30%, cada quincena), y privilegió el impuesto al consumo porque ese sí lo pagan todos o, si somos más cínicos, al final siempre lo paga alguien, pero se paga.
En México algo así es impensable, no solo por el costo electoral que tendría para cualquier partido o político que lo intentara, que lo enterraría definitivamente, sino porque culturalmente tenemos una relación compleja con el cumplimiento de la ley, el reconocimiento de la autoridad y la creencia en el bien común; es más, no podemos oír este último término sin hacer una mueca burlona, como si ese término se hubiera inventado para que los políticos buscaran, enmascarado, su bienestar particular a costa de los otros.
Pero hay otro tema que es macroeconómico. Sostengo que muchas prospectivas económicas internacionales suelen equivocarse respecto de los ciclos económicos mexicanos porque no toman en cuenta a estas unidades económicas y a las personas que las integran, y que, aunque de forma incompleta, tributan (cuando compran cosas, porque como dijimos, del IVA no se salva nadie) y, aunque no es formal, es una economía bastante más real que mucha de la que supuestamente tiene lugar dentro de las entidades financieras.
Si lo que se quiere es presentar una fotografía lo más fiel posible del estado en que se encuentra un país y sus horizontes de desarrollo, habría que empezar a tomarla en cuenta.