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La reputación como nuevo criterio modelador de la conducta

La reputación como nuevo criterio modelador de la conducta

Columnas lunes 03 de noviembre de 2025 -

La conducta humana debe ser moldeada para permitir la convivencia social armónica. A lo largo del tiempo, se han intentado diversos sistemas de normas para modelar nuestra conducta externa, que han ido perdiendo eficacia.

Desde que Nietzsche proclamó la “muerte de Dios”, el mundo occidental quedó huérfano de su más poderoso referente para la toma de decisiones de conducta. La idea de un Dios que dictaba lo bueno y lo malo perdió su eficacia como principio de organización social. Sin embargo, la humanidad no puede vivir sin normas: tras la caída de la moral religiosa, emergió el derecho como sistema secular de control y legitimación. Pero también el derecho enfrenta hoy una crisis de eficacia: la gente ya no obedece la norma porque “debe”, sino porque teme las consecuencias sociales de no hacerlo.

Actualmente, en China se ensaya una figura inquietante: el crédito social. Una puntuación moral que mide la conducta de los ciudadanos —su honestidad, civismo y confiabilidad— para otorgar o restringir beneficios. Más allá de su posible riesgo autoritario, la idea del crédito reputacional plantea un fenómeno nuevo: la internalización digital del control social. Las sanciones jurídicas o religiosas ceden su lugar a la censura colectiva en redes, la “funa”, la cancelación y la pérdida de reputación. En este nuevo orden, no manda la ley ni el dogma, sino la mirada de los otros.

La pregunta clásica del positivismo jurídico —¿por qué una norma debe ser obedecida?— encuentra aquí una respuesta distinta. La “regla de reconocimiento”, de la que hablaba Hart, supone que una norma es válida cuando un grupo social la reconoce como tal. En el ecosistema digital, esa regla se transforma: ya no depende del Estado, sino del consenso emocional y viral de las comunidades digitales. Lo que la mayoría desaprueba, desaparece; lo que premia, se reproduce. La validez se vuelve líquida, mutable, instantánea.

Este proceso podría implicar la sustitución definitiva de las normas jurídicas y religiosas por un nuevo tipo de norma reputacional, cuya fuerza reside en la necesidad humana de aceptación. En la era del algoritmo, obedecer ya no es una cuestión de miedo al castigo, sino de miedo a la exclusión. La moral social se automatiza, se mide, se puntúa y se publica. Tal vez ahí resida el mayor desafío ético del siglo XXI: ¿puede una sociedad sobrevivir cuando la obediencia deja de fundarse en la convicción o la legitimidad, y pasa a depender del índice de aprobación de una red?

Flor de Loto: El control sin coacción puede parecer libertad; pero si la mirada de los otros se vuelve juez y verdugo, habremos sustituido a Dios y al Estado por un nuevo tirano: la reputación, y su vocero: el tribunal de la opinión pública.

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/CR

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