Síguenos @ContraReplicaMX
Columnas
Ecuador ha vivido, en un par de años, un proceso de descomposición social e institucional que normalmente toma décadas de corrupción e ineptitud por parte de las élites políticas. Las de allá lo lograron en tiempo récord. De 2011 a 2020, este país tuvo una tasa de 8.6 homicidios por cada 100 mil habitantes; para 2022 la tasa fue de 25.9. El triple.
Antes de las elecciones presidenciales de 2023, un candidato fue asesinado. A partir de ese suceso, cambiaron las preferencias de intención electoral y terminó ganando Daniel Noboa,joven, hijo de uno de los hombres más ricos de Ecuador y que también ostenta nacionalidad estadounidense. Es un perfil típico de lo que se llama “el outsider”, es decir, una persona cuya vida, intereses y experiencia están, aparentemente, alejadas de la política y por ende – se cree – no está contaminado por sus vicios. Me cuesta pensar en otro oficio además de la política donde la falta de experiencia se vea como una ventaja (imaginemos que nos informan que nos meterá cuchillo un cirujano que es muy joven, nunca ha operado y trae ideas frescas, a
ver qué tan seguros nos deja).
El 9 de enero de 2024, tuvo lugar una serie de atrocidades que el gobierno no dudó de calificar de terrorismo, y que incluyeron la toma de cárceles, estaciones de televisión y escuelas por parte de hombres armados y encapuchados, pero se extendió a varias regiones del país donde hubo homicidios de civiles. Luego, un decreto calificó la situación como “conflicto armado interno”, lo que pone a los delincuentes como grupo beligerante y deben ser tratados de acuerdo con el derecho internacional humanitario del derecho de guerra. Muy confuso tratar de aplicar la categoría de terrorismo y grupo beligerante a los mismos hechos.
Que hayan tomado medios de comunicación, cárceles y escuelas, implica un desafío simbólico muy claro a la propia existencia del Estado ecuatoriano, además de los crímenes tangibles de cada cosa. Por poner sólo el ejemplo de las prisiones, el sistema penitenciario de un país donde las instituciones son débiles, hace las veces de microcosmos criminal, donde hay al menos 4 grandes consecuencias: es un espacio de gobernanza de los propios reos ante la falta de presupuesto y de capacidad estatal; es un espacio de networkinginmejorable para que las bandas se fortalezcan; es una base de operaciones criminales para cometer ilícitos de manera remota y es una escuela para que criminales de baja peligrosidad se vuelvan de alta, luego de “graduarse”. Por eso meter a todo mundo a la cárcel de un jalón no es la panacea.
En fin, todo esto pone al país sudamericano, entonces, en una posición donde es difícil hacer una prospectiva a corto plazo siquiera, y apenas deberíamos estar buscando explicaciones de cómo llegaron aquí. De suyo, Ecuador tiene dos características que lo convierten en una zona atractiva para el narcotráfico: su frontera con Colombia y la debilidad estatal. Pero lo anterior no obsta para que se comiencen a buscar explicaciones sencillas, sesgadas o de conspiración, como siempre que hay caos.
La prensa mexicana, de entre todas, está publicando notas irresponsables, sin ningún respaldo más que conjeturas imposibles de probar, de que México es responsable de la crisis en Ecuador. icen que los cárteles mexicanos son “el brazo financiero” de los terroristas ecuatorianos. Que es obvio. Pero no tiene nada de obvio. Lo que se ha podido constatar en hechos a lo largo de los últimos dos años en los hechos de violencia en Ecuador, ha involucrado ecuatorianos, colombianos, peruanos y hondureños.
Pero resulta que lo que no se puede constatar (el financiamiento), viene de cárteles mexicanos, otra vez, “obviamente, naturalmente”. Eso es muy cómodo, porque lo único que se necesita para hacerlo verosímil, es apoyarse en la narrativa de que el narco mexicano “tiene las manos en todo”. En EU le llaman el síndrome Kayzer Soze. Crea una fantasmagoría invisible pero todo poderosa, y le puedes atribuir lo que sea. Y ese lugar lo mismo lo ha ocupado el narco que los masones, el Vaticano o George Soros. No se trata de exonerar a delincuentes mexicanos de nada, sino de denunciar la pereza informativa del periodismo de cuarta. Porque estas afirmaciones les evitan la terrible carga de investigar, pensar y probar. Si se registra un homicidio en Vancouver, se detiene a un tratante de personas en Bulgaria o se derriten las capas polares, “son los de Sinaloa, obviamente”. Ah, bueno.
La verdad es que cualquier país donde se produzca, transporte o comercialice droga, tiene incentivos suficientes para desarrollar sus propias mafias, bandas y cárteles, no necesitan importarlas. Lo que es un hecho es que la normalización de la violencia a gran escala, las acusaciones de que todas las campañas políticas tienen dinero sucio y por ende compromisos inconfesables con narcos, y los desplantes de desafío al Estado, se están volviendo comunes en América Latina completa.