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La violencia virtual es real

La violencia virtual es real

Columnas miércoles 24 de junio de 2026 -



Mientras la discusión pública suele concentrarse en la inseguridad que acecha en las calles, existe otra amenaza que se cuela silenciosamente en los hogares, las escuelas y los teléfonos celulares de millones de niñas, niños y adolescentes: la violencia sexual facilitada por entornos digitales. No requiere puertas forzadas ni presencia física para causar daño; basta una conexión a internet.

Los resultados del informe Disrupting Harm in Mexico, elaborado por ECPAT International, INTERPOL y UNICEF Innocenti, reafirman una realidad que incomoda: la explotación y el abuso sexual infantil en línea no es un riesgo marginal ni excepcional, sino un fenómeno creciente que exige respuestas institucionales coordinadas y urgentes.

El estudio desmonta la idea de que los agresores son siempre desconocidos ocultos tras una pantalla. En muchos casos, la violencia digital está vinculada a personas del entorno cercano de las víctimas, lo que rompe con la falsa separación entre lo “virtual” y lo “real”. Las interacciones en línea pueden ser el inicio de procesos de manipulación, coerción o abuso que continúan fuera del mundo digital, en una continuidad de violencia difícil de detectar y aún más difícil de detener.

Uno de los hallazgos más preocupantes es el silencio. Niñas, niños y adolescentes que no denuncian, que no identifican la violencia o que simplemente no encuentran espacios seguros para hablar. El miedo, la vergüenza y la falta de información operan como aliados invisibles de los agresores.

Frente a este panorama, la pregunta no puede seguir siendo si la escuela debe intervenir, sino cómo y con qué profundidad lo está haciendo.

En México, la Nueva Escuela Mexicana plantea una formación integral que debe abarcar la vida digital de las y los estudiantes ya forma parte de su realidad cotidiana, y por lo tanto debe ser parte central de la formación ética, emocional y comunitaria.

Sin embargo, la implementación de la educación digital sigue siendo desigual. En muchos espacios escolares se enseña el uso de herramientas tecnológicas, pero no necesariamente la comprensión crítica de los riesgos: la privacidad, el consentimiento digital, la huella en línea, la manipulación emocional o la detección de conductas de acoso y explotación.

La convivencia escolar, uno de los ejes centrales de la política educativa reciente, no puede entenderse sin el entorno digital. La violencia ya no ocurre únicamente en patios o salones; también se expresa en grupos de mensajería, redes sociales, videojuegos en línea y plataformas donde los adolescentes construyen identidad, pertenencia y relaciones.


Ignorar esta dimensión equivale a dejar fuera una parte sustantiva de la vida escolar.

El reto no recae únicamente en las escuelas. Las familias enfrentan una brecha generacional significativa frente al uso de tecnologías. Muchos adultos reconocen no contar con las herramientas suficientes para acompañar la vida digital de sus hijas e hijos, lo que debilita la supervisión y, más importante aún, la construcción de confianza para hablar de riesgos.

A ello se suma la responsabilidad de las plataformas digitales, que siguen operando con mecanismos insuficientes de verificación, denuncia y protección para menores de edad, pese al crecimiento sostenido de estos riesgos documentados por organismos internacionales como UNICEF Innocenti.

La protección de la infancia en entornos digitales exige una estrategia integral: legislación actualizada, protocolos escolares claros, formación docente, acompañamiento familiar y responsabilidad tecnológica. Pero también exige un cambio cultural profundo: reconocer que la violencia digital no es menos real porque ocurra en una pantalla.

Cada caso de sextorsión, cada imagen compartida sin consentimiento, cada conversación manipulada con fines de explotación deja huellas emocionales, psicológicas y sociales que no desaparecen al cerrar una aplicación.

La tecnología seguirá avanzando, y con ella las formas de interacción humana. Lo que no puede avanzar al mismo ritmo es la normalización de estas violencias ni la indiferencia institucional.

Porque mientras la educación discute cómo integrar lo digital en el aula, miles de niñas, niños y adolescentes ya están viviendo sus riesgos sin protección suficiente. Y en materia de infancia, la omisión también es una forma de riesgo.

Dra. Rosalía Zeferino Salgado
Asesora en Comunicación Estratégica
e Imagen Pública
Integrante de la Red de Mujeres por la Educación (MUxED)




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