La primera vez que leí Las siete cabritas de Elena Poniatowska tenía veintidós años. Recuerdo que me fascinó la osadía del título: esas “cabritas” que no eran dóciles ni apacibles, sino briosas, intensas, salvajes. En aquel entonces, solo comprendía la superficie del libro: siete mujeres brillantes, excéntricas, distintas. Pero hace un año volví a leerlo, y esta vez, la voz fue otra. No la de la muchacha que soñaba con entender el mundo, sino la de una mujer que ya ha peleado sus propias batallas, que ha perdido y ganado, y que, al igual que ellas, ha buscado su lugar, su voz y su libertad.
Poniatowska llamó “cabras” a estas mujeres no como un insulto, sino como una forma de reivindicar su rebeldía. Cabras porque trepan, porque suben donde nadie más se atreve, porque son tercas, porque buscan la cima, aunque duela, porque a veces tropiezan, pero no se detienen. En un país donde las mujeres aprendimos a ser discretas, ellas fueron ruido, color, escándalo, pensamiento, mujeres que hicieron olas. Fueron cabras porque se salieron del corral.
María Izquierdo, por ejemplo, fue la pintora que soñó con fundar un museo de arte mexicano dirigido por mujeres, pero la historia la arrinconó entre los márgenes. Sus pinceles fueron su manera de gritar. En sus cuadros, las mujeres ya no eran musas, sino protagonistas. Izquierdo fue la cabra que pintó con dignidad y se negó a ser sombra.
Frida Kahlo fue la cabra que transformó el dolor en arte, que se miró en el espejo y convirtió la herida en identidad. Su cuerpo roto fue su lienzo, su vida una obra. Nahui Olin, la cabra luminosa, fue poesía encarnada, deseo indomable, fuego que no cabía en la palabra “decente”. Rosario Castellanos, la cabra que escribió desde el silencio de todas, que usó la ironía para decir lo que no se podía decir.
Pita Amor fue la cabra que se atrevió a ser Narciso y espejo, a preguntarle a Dios si existía. Elena Garro, la cabra de la memoria y el desencuentro, dramatizó la historia y el tiempo; amó y fue juzgada por amar demasiado. Nellie Campobello, la cabra que danzó sobre la Revolución, que escribió desde el cuerpo, desde la infancia y la muerte.
Siete mujeres, siete cabras, siete caminos hacia la libertad. Ninguna fue dócil. Todas pagaron el precio de ser ellas mismas. Y, sin embargo, gracias a ellas, hoy caminamos más libres, más conscientes, más nuestras.
Cuando volví a leerlas, comprendí que las cabras de Poniatowska no solo habitan el pasado. Están dentro de cada una de nosotras: en la joven que se atreve a decir “no”, en la madre que elige su voz, en la artista que pinta su cuerpo como territorio, en la académica que escribe desde el alma, en la mujer que se sabe múltiple y no pide perdón por serlo.
Hoy entiendo que Poniatowska no escribió sobre siete mujeres, sino sobre una sola en siete fragmentos: la mujer total, la que se busca entre los escombros de lo que se espera de ella. Leerlas fue como mirarme en siete espejos y reconocerme en cada brillo, en cada sombra.
Quizá por eso releer Las siete cabritas a mis años fue también un acto de reconciliación: con mis propias locuras, mis heridas, mis sueños que siguen trepando. Porque al final, todas llevamos una cabra adentro: esa que no se conforma, que desafía los límites, que mira hacia arriba y dice: “ahí quiero estar”.
Las siete cabritas es, sin duda, una lectura imprescindible para salir de casa —porque nos recuerda el valor de ser y de encontrarnos con nuestra propia voz. Porque toda mujer necesita, alguna vez, perderse un poco para encontrarse entera.