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Columnas
La democracia, prácticamente nunca gozó de la legitimidad suficiente como para erigirse en la forma de gobierno de las sociedades civilizadas. La mayor crítica desde la Grecia Clásica era el desmesurado poder popular que sin control, se hiciera despóticamente de los gobiernos, en donde el instinto y los apasionamientos, se entremezclan con la ignorancia y la cantidad de un conjunto social a los que no precisamente los ha caracterizado la razón.
Uno de sus peores estigmas, es cómo se encuentran aquellos que no piensan como la mayoría. Esos mismos a los que pueden acusar de sorprendentes infamias, simplemente por disentir del resto, pues existe una gran falsedad, cargada de perversidad, al defender que los muchos ostentan veracidad simplemente porque comparten formas de pensamiento común. En esa comunidad de valores también se esconden prejuicios, es decir, todo ese universo de creencias que sin sustento alguno pueden compartir porque así pensaban sus antepasados, o así “lo sienten” en un momento crítico del que no tienen mayor información que su apariencia, o han sido convencidos por algunos que quieren sacar partido de la ignorancia mayoritaria.
El problema de las mayorías es su fácil manipulación, y esto se ha sabido toda la vida. Las advertencias y las consecuencias de la manipulación del pueblo, conforman parte de los botones rojos que siempre se nos advierte de tocar, y no por prejuicios clasistas, sino por hechos constatados en la historia que nos dejan en claro de lo que son capaces todos ellos. Cuando Sócrates, el gran filósofo ateniense de la Época Clásica, fue condenado a muerte por el pueblo de su natal Atenas, tras sendas discusiones en la Asamblea, los protagonistas del infundio fueron los oradores que convencieron a una mayoría poco informada de supuestos delitos, en donde el de “perversión de la juventud” sería el más manoseado. Acusar al filósofo de ese hecho era que, enseñando a los jóvenes a criticar sus instituciones, estos se convertían en tipos conscientes a contracorriente del sentir de la mayoría, erigiéndose también en los principales defensores de la justicia y la libertad que no necesariamente coinciden con lo que creen los muchos, o se aprovechan unos cuantos evidenciados ante el poder de la argumentación filosófica.
A la democracia la reivindicó la modernidad ilustrada, primero bajo los principios de representación, y después el de la creación de un sistema de justicia administrado aparte de los apasionamientos populares y de la demagogia de los líderes. El sistema judicial, ideado por Montesquieu en El Espíritu de las Leyes, implicaría garantizar la interpretación de las leyes por especialistas fuera de cualquier partido o simpatía popular. Imagine usted si padeciendo una terrible enfermedad confía su tratamiento no al mejor formado, sino al que una turba ignorante le quiere imponer por serle simpático.