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Columnas
Legitimidad es un término de la teoría política, que nos refiere al conjunto de razones que justifican el ejercicio del poder como hecho, es decir, el que parte de la voluntad de los ciudadanos para acatar las disposiciones del sistema o del gobierno en turno. Decimos que un sistema o un gobierno son ilegítimos, cuando las razones de su estar, han sido perturbadas de alguna manera, y los ciudadanos no se encuentran en disponibilidad para acatar algo. Comúnmente, cuando la ilegitimidad ronda en la historia de las sociedades, el sistema, consciente de la amenaza que le cierne, reacciona desesperadamente, tendiendo a la violencia.
Pensar en gobiernos represores, no es pensar necesariamente en gobiernos fuertes. La represión más que señal de fortaleza, es expresión de una crisis de legitimidad que concentra fuerzas para evitar su desplome. Bajo los principios del estado liberal de derecho, la constitución es la garantía plena de una legitimidad que confiere soporte a un sistema de manera impersonal, porque si se vuelve personal, lo que puede cundir es la acción exclusivamente personal de un gobernante, que en pos de mantener su posición, atente contra el sistema vigente.
La legitimidad no es solamente cuestión formal, esto es, una justificación legal del ejercicio de la autoridad, sino también un hecho más cotidiano, y que tiene que ver con el comportamiento diario de los sectores gobernantes. Cuando un gobernante ejerce la tiranía, más allá de violaciones constitucionales -que también se incluyen-, ha existido todo un proceso degradativo que atropelló la confianza que la sociedad depositó en su persona. El ejercicio del poder es también un éthos, es decir, una serie de costumbres que obligan al responsable, a mantener rectitud en sus acciones más simples, aunque no necesariamente se encuentren legisladas.
De toda persona valoramos, por ejemplo, la manera en cómo se dirige a sus semejantes, donde el respeto cunda siempre, y el entorno sea lo suficientemente sano como para evitar el desprecio que su persona pueda provocar (ilegitimidad). Tirano no es solamente el más evidente y cínico violador de la constitución, sino también el sujeto responsable que tiene como práctica la violencia para creer que así logra mantener su autoridad. Un gobernante, como una persona con responsabilidades directivas, requiere de legitimidad para realizar la tarea que pretende, y ni uno ni otro lo pueden mantener a través de la violencia. Así como un gobernante que saque a las fuerzas armadas para aplacar un movimiento civil, así el directivo de cualquier área que recurra a la amenaza y al insulto como móviles para garantizar la obediencia de su equipo, exponen el nivel crítico de su concepción de poder, así como patentiza una debilidad obvia que tarde o temprano le representará su caída.