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Lo Blanco y lo Negro de la inflación

Lo Blanco y lo Negro de la inflación

Columnas miércoles 04 de mayo de 2022 -

La década de los ochenta puede ser acusada de todo, menos de timidez. La gente se atrevía a hacer cualquier cosa y producir cualquier cosa, sin miedo al ridículo. En México, las sucesivas crisis económicas (a veces sexenales, a veces trienales), impactaron en todos los productos culturales, los de la “alta cultura” (todos los expertos eran, en ese entonces, analistas de la crisis) pero también los de la cultura popular, desde las canciones hasta las emblemáticas telenovelas nacionales.
Una de estas últimas fue protagonizada por el señor telenovela, Ernesto Alonso, y marcó el debut actoral (creo) de Lupita D´Alessio. Por si fuera poco, don Ernesto hacía dos papeles, el del gemelo bueno y el malo. El bueno era una especie de predicador ecologista y misterioso; un místico de la crisis que conducía a su pueblo (un grupo de gente, me parece que no muy grande) hasta una tierra prometida con árboles y sin IVA.
El malo era un magnate que había construido su fortuna (y aquí está lo interesante) mediante el acaparamiento y la reventa de productos de primera necesidad en épocas aciagas; compraba toda la leche del país y luego la escondía para venderla más cara luego de la escasez artificial, y así.
Traigo a colación esta memoria de neón porque desde hace varias semanas muchos actores económicos (sobre todo tecnocráticos y mediáticos) han manifestado la preocupación de que, ante las presiones inflacionarias y la peculiar cultura del empresariado nacional, entremos en una era de especulación y distorsión de precios controlada por un manojo de ricos inescrupulosos (¡como en la novela!). ¿Qué tan ingenuo o justificado es este miedo? En primer lugar, existen factores innegables, sobre todo externos, para explicar las presiones inflacionarias: primero la pandemia, y luego la guerra en Ucrania, ha impactado sobre todo los precios de las materias primas (de por sí volátiles) y resquebrajado las cadenas de suministro.
Se creía que una vez reabiertas las economías, las cadenas se normalizarían, pero no ha sucedido así; las secuelas de la pandemia en la economía trascenderán las sanitarias. Cuando suben los precios de los combustibles y las materias antedichas, la inflación general tiene un impacto, naturalmente.
El gobierno federal ha emprendido, hasta ahora, acciones agresivas para mantener bajo control, en lo posible, el precio del gas y de la gasolina. Para ver lo que sucede cuando se libera el precio en estos tiempos, basta echar un ojo a lo que está sucediendo en algunos países europeos, donde la gente de clase media está encendiendo velas durante el día para no pagar la luz (no es broma).
Adicionalmente, el plan, nos dicen, es poner precios de garantía a 24 productos de la canasta básica. La lógica de la estrategia es sólida: si se controla la inflación de lo básico, se controlará en automático la de lo derivado. Ahora bien, lo que se gaste para subsidiar los precios se notará en el gasto público, muy probablemente deficitario.
El FMI publicó hace unos días unos datos de los que se deduce que, de las nuevas medidas que han adoptado los países latinoamericanos para contener la estanflación, ni Brasil ni México han optado por nuevos impuestos, y se han centrado en aumentar el gasto para compensar. La primera razón es obvia: nada tiene un impacto electoral negativo hacia el partido en el gobierno como las cargas impositivas y el encarecimiento de la vida.
El golpe al bolsillo es de las pocas cosas que castigan con igual severidad los electorados de derecha, los de izquierda y los indecisos. Pero la segunda razón, creo, es que México y Brasil tienen experiencias históricas traumáticas, en las que dejar a la decisión del mercado (que es a la buena de Dios) los ajustes económicos, sólo conlleva la perpetuación de incentivos perversos, mayor corrupción y una espiral inflacionaria que en los peores años llegó a superar las tres cifras (sí, 120 a 150% anual).
Las medidas estatales para mantener una política contracíclica sin que se caiga en la crisis de la deuda pública son discutibles y el objetivo no es sencillo. Pero hay algo peor, no hacer nada y dejar que “los particulares y el mercado” en su sabiduría, lo decidan todo. Ahí sí, que Don Ernesto Alonso nos ampare.


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/CR

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