Caminar o manejar por la Ciudad de México se ha convertido en una prueba de resistencia y paciencia. Los baches, esos socavones que aparecen con la misma frecuencia que la lluvia, se han vuelto parte del paisaje urbano, pero no por ello dejan de ser una de las problemáticas más molestas y costosas para la ciudadanía. No se trata solo de una cuestión estética o de incomodidad: los baches son un reflejo de la falta de mantenimiento en la infraestructura vial y una amenaza constante para peatones, ciclistas y automovilistas.
Cada temporada de lluvias deja al descubierto la vulnerabilidad del asfalto capitalino. Una calle recién pavimentada, en cuestión de meses, comienza a fragmentarse y a convertirse en un terreno minado. La consecuencia directa son llantas ponchadas, rines doblados, suspensiones dañadas y, en el peor de los casos, accidentes que ponen en riesgo la vida de las personas. Al final, son los ciudadanos quienes pagan los platos rotos, tanto en reparaciones de sus vehículos como en la merma de su tiempo y seguridad.
El problema de los baches también tiene un fuerte impacto económico y social. No solo se trata de los costos individuales para quienes circulan en automóvil o motocicleta, sino también de las afectaciones al transporte público y de carga. Un camión que debe reducir la velocidad constantemente para esquivar baches retrasa a decenas de pasajeros o encarece el traslado de mercancías. Es decir, los baches también son un obstáculo para la productividad y la movilidad de la capital.
La ciudadanía suele escuchar promesas recurrentes de campañas de bacheo que, en teoría, deberían resolver el problema. Sin embargo, en la práctica, muchas de estas reparaciones son temporales, parches superficiales que apenas resisten unas cuantas semanas antes de volver a hundirse. Esto genera un ciclo interminable en el que el pavimento nunca se encuentra en condiciones óptimas, y en el que los habitantes se resignan a convivir con calles desgastadas y llenas de trampas.
Lo más preocupante es la normalización del fenómeno. Los capitalinos ya esperan encontrarse con baches en cada trayecto, han aprendido a esquivarlos con maniobras que ponen en riesgo a otros conductores o simplemente han dejado de denunciarlos porque consideran inútil hacerlo. Este conformismo colectivo perpetúa una situación que debería ser inaceptable en una ciudad que presume de ser moderna y competitiva.
Si la Ciudad de México aspira a mejorar la calidad de vida de sus habitantes, el combate real y sostenido contra los baches debe convertirse en una prioridad. No se trata solo de tapar hoyos, sino de garantizar un pavimento durable y eficaz en su ejecución. Porque mientras los baches sigan marcando nuestras calles, también seguirán marcando el desgaste de la confianza ciudadana en sus autoridades.
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