En México existe una especie de mito sobre la vocación social para hacer comunidad. Si bien, cuando hemos enfrentado desastres naturales graves, l@s mexican@s mostramos nuestra faceta más solidaria, en el día a día, en la construcción del tejido social que marca las relaciones cotidianas, nuestra sociedad tiene respuestas violentas, intolerantes y discriminatorias, que están alejadas de la empatía de la que nos ufanamos.
Sociedad y gobierno se han vendado los ojos para no ver que desde hace décadas México está inmerso en una crispación cuyo origen esencial es la desigualdad social y un sistema fincado en ladiscriminación estructural y transversal. La negación de esta realidad ha imposibilitado que lasfamilias, comunidades, colegios, universidades y autoridades públicas restauren los valores de latolerancia y la diversidad, camino indispensable para consolidar la democratización de la vida pública.
Somos testigos de la violencia y confrontación hostil que expresamos de manera cotidiana en las calles, en donde las personas se muestran a la defensiva y están dispuestas a quitar o perder la propia vida por disputas tan banales como quién gana un lugar de estacionamiento. Estos días presenciamos 2 casos que muestran con toda claridad el modo e intensidad de la intolerancia y agresividad sobre los que está posicionada la sociedad mexicana.
El primero, el caso de Ximena Pichel, a quien las redes sociales bautizaron como #LadyRacista, luego de que insultó y agredió a un policía para evitar que inmovilizaran su vehículo por no haber cubierto el pago del parquímetro. Tras la audiencia que atendió ante el juez de control del Tribunal Superior de Justicia por el delito de discriminación del que se le acusa, una turba comenzó a insultarla y agredirla, lanzándole agua y botellas de plástico, hasta el punto de golpear su coche e impedir su marcha, al tiempo que se escuchaban gritos de una tribu urbana.
El segundo está relacionado con el futbolista Chicharito Hernández. En 2 videos Javier hizo una serie de comentarios respecto de la masculinidad y el rol que ante ésta deberían jugar las mujeres, quienes a juicio del Chicharito: “están haciendo a la sociedad hipersensible”, al tiempo que: “quieren a un hombre proveedor, pero para ellas limpiar es opresión patriarcal”. Las reacciones no se hicieron esperar y en redes sociales miles de usuarios tundieron al futbolista con expresiones como: “el Chicharito ya no le tiene miedo al ridículo, el ridículo le tiene miedo a él. Le fascina presumir suidiotez”, y llegaron al punto de pedir que su actual equipo le rescinda el contrato y pierda todos los patrocinios.
Ximena Pichel no solamente se equivocó grotescamente, sino que cometió un delito y, por ello, la sociedad mexicana representada por la Fiscalía de la CDMX, ya le fincó responsabilidad y tendrá que responder ante los canales institucionales -racionales- que sancionan legítima y legalmente esa conducta. Por eso, resulta inaceptable para una sociedad democrática, la “sanción” paralela y fáctica que la turba le quiere imponer.
El Chicharito Hernández se equivocó, en gran medida, porque no tiene claridad de qué se trata la lucha por la paridad de género y la igualdad sustantiva. Pero por más reprobables que sean sus comentarios desde una mirada de los derechos humanos, nada justifica la agresión a su persona; la cancelación de su voz ni mucho menos desearle cualquier clase de calamidades. A Hernández habría que invitarlo a que escuche a quienes conocen de este relevante tema para que lo instruyan; ese diáologo y aprendizaje es lo razonable en una democracia.
Obiter dicta.
Perdimos la tolerancia.