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Mi 8M a los +100 días

Mi 8M a los +100 días

Columnas lunes 09 de marzo de 2026 -

Este 8 de marzo me encuentra en un lugar distinto. No solo en el calendario, sino en la vida misma. Hoy cumplo mi día +100 del trasplante de médula —o, en términos médicos, de células hematopoyéticas alogénicas—, después de atravesar una recaída de leucemia mieloide aguda, uno de los cánceres más agresivos que existen en la sangre.

Cien días pueden parecer poco en la vida de cualquiera. Pero cuando el tiempo se mide entre análisis clínicos, días de hospital, incertidumbres médicas y silencios largos en los que una se pregunta si el cuerpo resistirá, cien días se convierten en una pequeña eternidad.

Por eso, este 8M es distinto para mí.

Porque mientras en las calles miles de mujeres, jóvenes y niñas levantan la voz para exigir derechos, igualdad y justicia —causas que también siento profundamente mías—, yo hoy conmemoro además una victoria íntima: la de seguir viva.

Y vivir, después de atravesar el borde de la fragilidad, cambia la manera en que una mira el mundo.

Lo primero que brota es la gratitud. Una gratitud que no es retórica ni ceremonial, sino profundamente humana. Agradezco a la vida, ese misterio que a veces nos sacude con dureza, pero que también nos sorprende con la posibilidad de volver a empezar.

Agradezco a ese ente maravilloso al que llamo Dios, porque este proceso me enseñó algo que antes apenas intuía: la importancia de la espiritualidad, una espiritualidad que está lejos de toda doctrina rígida o comprensiva. Una espiritualidad que simplemente sostiene. Porque en los momentos más oscuros encontré una paz que no siempre sabía explicar, pero que me sostuvo.

Quiero agradecer también a mi donador de médula. No conozco su nombre, no conozco su historia, pero conozco algo esencial de él: su profundo amor por la vida. Sin conocerme, sin saber quién soy, decidió convertirse en la posibilidad de que yo siguiera viviendo. Ese gesto, profundamente humano y generoso

Agradezco, de manera especial, a mi madre. No existe palabra suficiente para nombrar el amor que se manifiesta en los cuidados cotidianos: en la paciencia, en las vigilias, en las manos que acomodan una almohada o sostienen un silencio. También agradezco a mi familia por ser ese sostén de amor infinito. Gracias a mis amigas, amigos que no me dejaron caer. Y agradezco a alguien muy especial en mi vida, a mi constelación Casiopea: su amor y sus cuidados han llenado cada día de este proceso y me han recordado algo profundamente humano: que el amor no siempre es presencia, pero sí puede ser esencia.

Pero en este 8M también quiero agradecer a la mujer que soy.

Porque si algo he aprendido en mi día +100 es que la fuerza no siempre se parece a lo que imaginamos. A veces la fuerza no grita en las plazas ni se levanta en consignas; a veces la fuerza es simplemente resistir.

Mi grito más fuerte en este tiempo fue precisamente ese: la resistencia.

Resistir cuando el cuerpo duele.

Resistir cuando el miedo aparece en la madrugada.

Resistir cuando el aislamiento parece una frontera demasiado larga.

Mi lucha no fue salir a marchar; mi lucha fue no caerme en los días de desasosiego. Fue sostenerme cuando el ánimo flaqueaba. Fue recordar, una y otra vez, que el grito de libertad en este momento de mi vida significaba algo muy distinto: poder volver a salir del aislamiento, volver a respirar el mundo, volver a abrazar la vida.

Por eso hoy también agradezco profundamente a mi cuerpo y a mi mente. Durante estos cien días de encierro, de cuidados estrictos y de silencios obligados, nunca me abandonaron. Mi cuerpo resistió procedimientos, tratamientos e incertidumbres. Y mi mente, aun en los momentos más difíciles, encontró la forma de sostener la esperanza.

Agradezco también a mi psicólogo, que ha estado presente en cada momento y en cada crisis que este proceso ha traído consigo. Su profesionalismo, pero sobre todo su profunda vocación humana, han sido una parte clave para poder aguantar.

Y agradezco a mi padre. En medio de este proceso, que en un sueño me recordó todo aquello que debía hacer para resistir esta prueba. Desde tu cielo siempre me has acompañado. Te amo Pascualito.

Ese recuerdo me sostuvo más de lo que imaginaba.

Quizá por eso hoy entiendo este 8 de marzo de una manera más íntima. Porque la lucha de las mujeres también está hecha de estas batallas silenciosas: en los momentos en que la vida nos pone a prueba.

Hoy no solo conmemoro una fecha histórica.

Hoy celebro la vida.

Mi día +100 me han enseñado que la fragilidad, la fragmentación y la fortaleza pueden habitar el mismo cuerpo. Que resistir también es una forma de libertad. Y que, incluso en los momentos más oscuros, siempre existe la posibilidad de volver a comenzar.

Este 8M, mi voz no grita desde una plaza.

Pero sí desde algo igual de poderoso:

la profunda alegría de seguir aquí.


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/CR

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