Cada 30 de abril México se llena de globos, festivales y sonrisas obligadas. Se reparten dulces, se organizan actos escolares y se pronuncian discursos que exaltan el valor de la infancia. Pero más allá de esa escena repetida año con año, hay una realidad que incomoda: en este país, ser niño, ser niña, no siempre es sinónimo de bienestar, y muchas veces ni siquiera de seguridad. Por ello, hoy no basta con celebrar, hoy toca reconocer la deuda.
En México, millones de niñas y niños crecen en condiciones de pobreza. Esto significa infancias atravesadas por la carencia, por la falta de oportunidades y por una desigualdad que se instala desde el inicio de la vida. No todos parten del mismo lugar, y eso marca su destino antes incluso de que puedan decidirlo.
Pero la pobreza no es la única herida. La violencia forma parte de la vida cotidiana de una gran parte de la infancia mexicana. Muchos niños son criados en entornos donde el castigo físico y la agresión verbal siguen siendo vistos como métodos de crianza. La violencia no comienza en la calle: comienza en casa, se reproduce en la escuela y se normaliza en la comunidad.
Y cuando esa violencia escala, el país enfrenta uno de sus rostros más dolorosos: niñas y niños que pierden la vida en contextos que nunca debieron tocarles.
Sin embargo, hay una expresión aún más grave y menos visibilizada de esta crisis: el reclutamiento de niñas, niños y adolescentes por el crimen organizado.
En México, decenas de miles de menores han sido incorporados a estructuras criminales, y cada año miles más son captados. Algunos son engañados con promesas de dinero y protección; otros son obligados mediante amenazas, coerción o incluso secuestro. Muchos llegan ahí empujados por la pobreza, la deserción escolar o la falta de alternativas reales. No llegan como delincuentes. Llegan como víctimas.
Se les utiliza como vigilantes, mensajeros, distribuidores de droga o incluso en actividades de alto riesgo. Son niños que dejan la escuela para convertirse en parte de una maquinaria de violencia que los consume y, en muchos casos, los descarta.
Lo más alarmante es que no se trata de casos aislados. Cientos de miles de niñas y niños están en riesgo de ser reclutados en un entorno donde el crimen organizado ofrece lo que el Estado no ha logrado garantizar: pertenencia, ingreso inmediato y una falsa sensación de protección.
La escuela, que debería ser un espacio seguro, tampoco escapa a esta realidad. El abandono escolar no solo significa pérdida de aprendizaje: muchas veces es la antesala del reclutamiento. Cuando un niño deja el aula, queda expuesto a un entorno que lo absorbe.
Existe además una crisis silenciosa que se entrelaza con todo lo anterior: la violencia sexual, la explotación y la impunidad que rodea estos delitos. Todo forma parte de un mismo entramado de vulneración.Y lo más preocupante es que nos estamos acostumbrando.
Nos acostumbramos a ver a niñas y niños trabajando.
A que abandonen la escuela.
A que crezcan rodeados de violencia.
A que algunos de ellos sean absorbidos por el crimen como si fuera una opción más de vida.
Nos acostumbramos a que sobrevivan, en lugar de garantizarles una vida plena.
Este 30 de abril no debería ser solo una fecha para celebrar, sino un momento para cuestionarnos. Porque la infancia no necesita discursos que la idealicen, necesita decisiones que la protejan.
La verdadera medida de un país no está en cómo festeja a sus niños, sino en cómo los cuida todos los días.
Y hoy, la realidad es clara: la deuda sigue ahí.
México no le ha fallado a sus infancias por falta de diagnósticos. Le ha fallado por falta de decisiones.
Porque las niñas y los niños no necesitan promesas.
Necesitan condiciones reales para vivir sin miedo.
Necesitan oportunidades para desarrollarse.
Necesitan un Estado que los coloque, de verdad, en el centro.
Hasta que eso no ocurra, cualquier celebración será insuficiente.
DRA. ROSALIA ZEFERINO SALGADO
Asesora en Comunicación Estratégica e Imagen Pública
Integrante de la Red de Mujeres por la Educación (MuxED)