En la entrega anterior afirmamos que los grandes cambios sociales se gestan a través de instituciones sujetas a pesos y contrapesos, ya que las buenas acciones individuales no perduran si no se institucionalizan; pero sin personas que tengan cierta sabiduría y templanza para administrarlas, éstan pueden desbaratarse muy rápido. Veamos.
México, como casi todos los países de América Latina, ha tenido periodos de mucha inestabilidad durante sus doscientos años de existencia. El siglo XIX se nos fue prácticamente en guerras civiles e invasiones extranjeras, y fue hasta el gobierno de Porfirio Díaz, que derivó en dictadura, que todos los avances institucionales y económicos de entonces se descarrillaron por décadas. Por ello, las élites revolucionarias triunfantes del siglo XX acordaron una piedra angular del sistema político: puedes hacer de todo (saquear el erario, imponer leyes absurdas, administrar la impartición de justicia a tu conveniencia), pero lo harás por sólo seis años. Así, sin importar un mismo partido hegemónico, las élites fueron distintas cada seis años. Varios expresidentes fueron “invitados” a aceptar tomar un avión y vivir como embajadores en lugares tan alejados como las Islas Fiyi. Pero esto cambió en este siglo.
La nueva normalidad democrática consistió que los expresidentes fueran activos, esencialmente en sus redes sociales, pero con un poder político casi irrelevante, lo que es normal en cualquier Democracia. Eso pasó con los primeros cuatro expresidentes de este siglo, pero con el último no; porque toda su agenda política se ha cumplido a plenitud; a pesar que en los últimos meses han brotado acusaciones de corrupción y criminalidad impensables de operar por tantos años sin la complicidad de las más altas autoridades de nuestro país. Tampoco en la historia reciente jamás se había acusado fuera de nuestras fronteras a cierta élite política como aliada de la delincuencia organizada.
No basta para ello alegar respeto a la “soberanía nacional”, si la población afectada por estos actos criminales (propagación de la delincuencia organizada, importar gasolina sin pagar impuestos en alianza con cárteles de la droga) somos la ciudadanía de este país; que parecemos vivir resignados a vivir en la zozobra de servicios públicos cada vez más pauperizados, como los de salud, seguridad y educación; gobernados por personas que inclusive olvidan citar una de las tragedias que tanto nos aquejan: el escalamiento brutal de personas desaparecidas en nuestro país.
La sociedad mexicana no era chaira ni fifí, ni pretendían dividirnos entre conservadores y progresistas, ni el anti americanismo ni la aversión a lo español eran nuestros temas de debate público. El encono y la polarización desde el poder debe parar ya.
Si las personas que ejercen el poder sólo alientan la división en una sociedad, que no nos sorprenda el escalamiento de la violencia y la pérdida de la vida comunitaria. Las palabras venenosas pesan, y con poder, mucho más.