Los sistemas políticos decadentes, tienden a ser los más violentos. La autopercepción y conciencia de limitancia, hacen que el sistema, aterrorizado, sea capaz de las más locas reacciones con tal de conseguir su mantenimiento en el poder: la traición; la calumnia; la persecución… y cuanta criminal idea que se asiente en los amenazados, envilece el espacio público, porque no es la pluralidad ciudadana que se muestra, sino el capricho de la tiranía silenciando la vida pública.
Hannah Arendt, en La Condición Humana, asume que la “vida activa”, expresa la pluralidad manifiesta en su justa dimensión, pues si tenemos una sociedad de personas libres, conscientes de sus leyes y el deber y obligación con que se le reconocen, difícilmente son criaturas predispuestas al silencio. Los ciudadanos participan de la vida activa y se conflictúan, se confrontan, exigen, y tienen, ante todo, la plena libertad para ubicarse en el grupo político que quieran y, cuando comprendan que la amenaza a la república se está gestando, su reacción se convierte no simplemente en un principio ideal, sino un hecho absoluto, porque si no lo fuera, el camino hacia la destrucción del espacio público se concretaría inevitablemente.
La vida pública exige acción, y es expresión de pluralidad, pero, al mismo tiempo, en nuestras sociedades complejas, la participación ciudadana es tan fluctuante como pueden ser las preocupaciones de sus más diversos intereses, de allí que nociones como “mayoría” o “minoría” no puedan verse como nociones absolutas. Todos somos “mayoría” y “minoría” al mismo tiempo, por ejemplo: la minoría de miembros de alguna sociedad científica, en proporción al resto de sus conciudadanos, los convierte en una porción muy reducida de la población, pero, los miembros, que tienen más vida y causas que su actividad científica, al mismo tiempo pueden ser parte de una congregación religiosa mayoritaria; de un grupo político preponderante; de una causa civil que vele por el respeto a las instituciones y se indigne con el robo de recursos públicos, o el chantaje de algunos grupos por lucrar con su victimismo.
Multidimensional es la expresión de la pluralidad y es perfectamente válida, y para nada tiene sentido decir que, por identificarse con algún grupo minoritario, eso le impide involucrarse en más cuestiones, sobre todo las que demandan la atención pública, enfrentándose invariablemente con otras creencias. J.S. Mill o A. de Tocqueville advierten la “tiranía de la masa” y el sometimiento que las “mayorías” imponen, al amparo de sus representantes maquillados de justicieros, que creen que las creencias mayoritarias, aunque sean pedestres y miserables, no deben de ponerse en duda, apelando o al número, o a la identificación de los opositores en denominaciones minoritarias, que incluso pueden ser expresión no de su vida pública, sino de su vida privada.