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Columnas
De Canadá a Argentina, de Alaska a Brasil, el continente americano comparte varias preocupaciones, y una de ellas está relacionada con el poder financiero, militar, social y político de las organizaciones criminales del hemisferio.
Hace unos días, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, acusó que la inestabilidad política de que vive hoy su país con más de cincuenta mil personas desplazadas se ha agudizado por el control que tiene sobre la región personeros del Cártel de Sinaloa. Del otro lado del Mar Caribe y el Golfo de México, el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, ha impulsado decididamente a considerar a los cárteles de las drogas mexicanos, entre ellos el de Sinaloa, como organización terrorista. También Canadá, que comparte con México las mayores presiones en materia migratoria, comercial y de seguridad, también tiene como objetivo prioritario la neutralización de los cárteles de las drogas mexicanos, en voz de su primer ministro, Justin Trudeau.
Es difícil imaginar actores políticos de distintas latitudes e historias de vida como Petro (académico y exguerrillero), Rubio (hijo de cubanos exiliados antes de la ascensión de Castro) y Trudeau (hijo de un primer ministro canadiense) coincidir en algo: hay una amenaza a nuestros países y esa amenaza debe enfrentarse.
En tanto en Sinaloa, epicentro de la escisión del grupo criminal que lleva su nombre, después de cinco meses de enfrentamientos, la propia Fiscalía del Estado ha contabilizado más de 800 asesinatos, incluyendo el asesinato de quince policías, casi 3,000 robos de vehículos y más de 1,100 secuestros.
Es posible que estos datos aún no muevan la tendencia nacional de descenso en asesinatos, usando los números del INEGI y no del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública; sin embargo, este dato se vuelve secundario ante el incremento constante de personas desaparecidas en los últimos años. Hoy no sabemos cuántas de las personas desaparecidas ya han fallecido, pero sí sabemos que un día sí y otro también, madres buscadoras encuentran fosas clandestinas en todos los rincones del país.
Sería injusto afirmar que más de las mil personas desaparecidas en Sinaloa sean declaradas muertas, porque sin evidencia razonable, eso no puede afirmarse. Por ello, es mejor no congratularse por la reducción de homicidios, mientras siga incrementándose el número de personas desaparecidas.
Declarar a las organizaciones criminales globales de México, de Venezuela, o de donde sea, organizaciones terroristas, puede sonar desproporcionado, para las personas que no vivimos bajo el yugo de dichas organizaciones criminales. Pero esto no pueden decir nuestros connacionales en Sinaloa, en los altos de Jalisco, en la zona fronteriza de Tamaulipas, en el edén perdido que hoy es Tabasco o la pérdida total de seguridad que viven en Chiapas. Y ni qué decir de los millones de venezolanos que han hecho la diáspora más grande de los últimos veinte años por la implosión económica del narco estado que ahí gobierna.
La realidad no se evade. La realidad se enfrenta. Lo necesitamos.