Existe un tipo de armamentos que sólo puede elaborarse en tiempos de conflictos bélicos en los que esté inmiscuido Estados Unidos, esto, para tener un soporte del Congreso como garante de la oferta permanente, que otorga certidumbre a la demanda, es por ello que cuando todo está en paz, la guerra la inicia el Pentágono, eso quiere decir que llegó un nuevo pedido para fabricar dichos artefactos.
La guerra es parte del desarrollo económico de Estados Unidos, es decir, matar seres humanos es esencial para el engrandecimiento del país que siempre insistió en llamarse imperio y ahora no es más que un terreno maquilador de homicidios.
La perversión de leyes estadounidenses arroja deformaciones inhumanas que nadie corrige y todos temen como si fuera el fantasma del reino que nunca existió.
Ningún presidente de Estados Unidos puede ser denominado Premio Nobel de la Paz, sin embargo, hay cuatro con ese reconocimiento y Donald Trump hubiera sido el quinto, a pesar de su patológica invasión a Venezuela.
El primero fue entregado a Roosevelt, en 1906, por servir de mediador en el conflicto ruso-japonés; el segundo fue Woodrow Wilson, en 1919, por la creación de la Liga de las Naciones; el tercero, Jimmy Carter, en 2002, por la resolución de conflictos y, el cuarto, Barack Obama, por el impulso a la diplomacia internacional.
El hecho de otorgarse el premio al líder político del país más intervencionista de la historia, incluye con acciones de piratas y regreso al feroz colonialismo., desgastó tanto su trayectoria, que provoca la repulsa de la población informada y de la conciencia histórica del planeta.
México que es un país de paz, no tiene uno solo reconocido por el premio. Como mediador, como facilitador de la pacificación, como país garante, con ayuda humanitaria, su actividad pacificadora en conflictos en Colombia, Venezuela, Perú, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, entre otros. Nada.
Así que no es de extrañar que ese Premio se otorgue a la destrucción y no a la paz, como fue el caso de María Corina Machado, quien considera una victoria personal la invasión a Venezuela.
Así, no es la primera vez que se premia la invasión militar, ni el expansionismo, ni la esclavitud, ni el colonialismo, como si ese premio fuera el motor para regresar al pasado.
Ese reconocimiento deberá llamarse Premio Drácula, otorgado a los países que se alimentan de sangre humana, la novela de Bram Stoker, cobra no sólo vigencia sino que encarna la crueldad humana que al cabo de años de supuesta civilización, reconoce la muerte como un triunfo sobre la especie humana.
El Premio Nobel se convirtió en un kamikaze, donde su muerte, garantiza la de sus enemigos.
La condena mundial que intenta legitimar a un pederasta como líder de la derecha internacional, crece.