Por Sergio González
Tuve el honor y privilegio de ser alumno del extraordinario Rosalío López Durán en el doctorado en la Barra Nacional de Abogados. Con heterodoxia analítica y astucia intelectual, nos desentrañó innovadoramente dilemas modernos y antiguos del Derecho. Cinéfilo consumado, para su materia Legalidad y Legitimidad instruyó ver Extinción (Ben Young, 2018, Netflix) y escribir un ensayo con nuestras impresiones.
La película presenta una sociedad que padece una violenta invasión encabezada por seres extraterrestres con naves, armas y estrategia militar muy superiores. Un giro de guión magistral revela que los invasores en realidad son humanos, y que los habitantes de la tierra son androides super inteligentes que hace 50 años cobraron conciencia de sí mismos y en una cruenta guerra por la hegemonía planetaria derrotaron a la humanidad arrojándola al espacio exterior.
Interesa la empatía entre “especies”: algunos humanos se resisten a lesionar androides con apariencia de niñez; inclusive, asisten a una mujer sintética herida. Un protagonista electro-orgánico descubre sorprendido que el soldado invasor se parece a él y decide no matarlo. Un combatiente humano expresa aflicción por la vulnerabilidad del enemigo desprovisto de trajes y armas.
Los méritos técnicos y virtudes cinematográficas de Extinción la tornan expresión artística sofisticada de nuestras ansiedades sociales modernas, particularmente la tecnológicas. Con sus desarrollos prodigiosos, con todas sus promesas y esperanzas, indudablemente empiezan a desarticular de manera ominosa paradigmas sociales estructurales otrora inconmovibles.
Presagio del desarrollo cibernético vertiginoso, desarrollándose sin brida y sin redil, el filme ofrece enseñanzas profundas de lo inhumana que puede ser la humanidad con sus propias creaciones y de lo humana que podría ser la inteligencia artificial si la acotamos oportunamente con marcos de actuación provistos de ética, compasión y responsabilidad social.
Es también admonición de ciertas “normas” de convivencia, no necesariamente entreveradas en las rigideces de la ley escrita. Igualmente, de que la paz y la armonía social descansan en verdades supra jurídicas, universales e indispensables para nuestra viabilidad y continuidad como especie.
Ya en clase, Rosalío nos hizo cuestionar la legalidad y legitimidad del derecho de los humanos a retomar el planeta. La pulsión por el reasentamiento “acá”, dijo, significa que “allá” donde estuvieron los últimos 50 años, quizá el ciclo de la autodestrucción ha reiniciado. Eso podría implicar, se dolió, que no hemos aprendido nada sobre la exigencia superior y verdadera de llevar una vida buena, dar a cada quien su bien y prosperar en conjunto en libertad con dignidad, aliviando la postración de los y las diferentes y vulnerables.
Rodeado del amor de su familia y la admiración y gratitud de sus alumnos y alumnas, Rosalío murió en diciembre pasado, injusta e inmerecidamente arrollado por el Covid. Venturoso viaje, Profe. Gracias siempre por tus iluminadas lecciones de Derecho, claro, pero sobre todo, por las de decencia, integridad y humanidad.