Por José García Sánchez
Herencia de viejas costumbres autoritarias, el lenguaje político trató de ser críptico, hermético, para quienes las practicaban, impidiendo el derecho de la población a incorporarse a ese ejercicio le es natural.
Para la población se destinaba el simplismo político, basado no sólo en una pugna entre buenos y malos sino en la cantidad y no en la calidad, haciendo cada vez más compleja la práctica política.
La jerga del lenguaje en médicos, sacerdotes, abogados, policías, se convirtió en claves para que la población no tuviera acceso. Incluso todavía en pleno siglo XXI algunos abogados redactan sus escritos en algo similar al español antiguo.
Ante este panorama de alejar de la práctica política a la población, suceden actos de corrupción que son percibidos como algo normal y en lugar de provocar la indignación, pasan inadvertidos.
Ese le caso de las dos legisladoras locales de Morena que se pasaron a las filas del PAN en el Congreso de Tamaulipas.
Uno de los antecedentes de estos saltos fue la nada honorable adquisición del PAN de la senadora Lily Téllez, quien se convirtió en una “reventadora” de comparecencias y parte de los porros al viejo estilo de preparatorias y universidades del pasado.
Las convicciones políticas parecieran haberse olvidado, aunque sean las que hayan hecho historia en México. La solidez del pensamiento político sucumbió ante la necesidad de tener más que otros, donde tener es más importante que saber, que pensar, que trascender, que tener convicciones, que vivir como se piensa.
En las múltiples variables del actual análisis político está la situación precaria de un partido agonizante, sin militancia, que seduce, por medios inconfesables, a militantes de otros partidos, con el objetivo de alcanzar una mayoría que no representa a nadie sino que fue adquirida por medios no democráticos, porque la población votó por candidatas de Morena no por abanderados del PAN, que es el partido donde ahora militan dos legisladoras morenistas quienes fueron apoyados por la población que creyó fortalecer otro partido.
Si no hay representación auténtica en un régimen de partidos no hay participación ciudadana real, si la legislación es encubierta, la democracia simplemente no existe. No hay medias tintas tratándose de democracia, existe o no. Y estos brincos partidistas violentan la estructura política del país, aunque se trate sólo de un movimiento estatal.
La autoridad electoral ve estas mutaciones como naturales al defender los derechos individuales de los candidatos de un partido que al triunfar en las urnas se traslade a otro, antagónicamente diferente a sus ideas. Se defiende la individualidad ente el bien común, la decisión unilateral ante la voluntad popular.
Si ante este engaño el INE no considera necesaria una sanción, o por lo menos una reforma a la ley electoral, no sabemos dónde podrá trabajar para resguardar la democracia.
@Josangasa3