No porque un sujeto empelucado se ponga una toga y empiece a dar de martillazos, se convierte en juez. En el mismo sentido, no cualquier enfrentamiento entre grupos armados es una guerra. Tener esto claro importa mucho, porque lejos de ser un prurito semántico o una pedantería lingüística, los términos que utilizamos para describir un acontecimiento, lo encuadra desde el principio hacia una interpretación específica. La "narración" es necesariamente una propuesta de sentido y significado. Por eso no es lo mismo "arrinconar a unos manifestantes" que "encapsular a unos encapuchados". Porque a quien se arrincona es a una presa, pero lo que se encapsula es un tumor. Espero que esta breve explicación sea suficiente para subrayar la enorme irresponsabilidad de sendos políticos, reporteros, "especialistas", y otros, en la forma como están cubriendo los hechos de violencia registrados a lo largo del país, luego de la detención y posterior fallecimiento del líder del CJNG. Ni siquiera se trata de inhibir la desinformación intencional, o de montarse en la militancia de quien se está atribuyendo el éxito, pues lo primero ya es endémico de nuestra era, y respecto de lo segundo, he visto opiniones (con eco) que le cuelgan la medalla a la presidenta, a López Obrador, a Calderón, a la DEA, y, en un caso especialmente enigmático, a "lo del mundial".
Lo complejo no es "lo complicado", aunque a veces viajen juntos. La complejidad de un objeto implica que su operación, diseño o modificación tiene dimensiones múltiples, capas interiores que solo se muestran cuando se remueven las exteriores, efectos imprevisibles debido a que su comportamiento es dinámico. Y el fenómeno criminal es así. Por eso cuando reducimos un fenómeno de esta magnitud a un lugar común o a una explicación de papá pendejo "es la cuota, nada va a cambiar, es para desviar la atención", no solo estamos simplificando: estamos eligiendo no entender. Y lo peor es que ese atajo se contagia, porque es como un relajante cerebral. El problema no es el disenso, es la holgazanería disfrazada de serenidad o de cinismo.
El gobierno mexicano no está peleando una guerra contra el narcotráfico, ni la estaba peleando Felipe Calderón, aunque así lo creyera él. Y esto no implica trivializar la sangre derramada sino todo lo contrario, porque al no ser una guerra convencional, ni hay dos ejércitos tratando de evitar objetivos civiles, ni hay un centro de gravedad político que permita declarar la victoria cuando este caiga, ni el exterminio del enemigo es la finalidad última del despliegue de las armas en un territorio. Ahora bien, puede haber fenómenos análogos al de la guerra tradicional, como la asimétrica, la de guerrillas, o el propio combate del crimen organizado a gran escala. Pero esta distinción nos ayuda a evitar el simplismo del argumento aritmético, esto es, que la guerra se acaba cuando solo queden combatientes de un lado, o que es un tema de tener más balas o de mayor calibre, y lo demás es cosa de tiempo. Los cárteles son entidades violentas de naturaleza económica, y eso quiere decir que en algunas situaciones se comportan como terroristas, en otras como Estado paralelo, y en otras como empresa que trata de maximizar ganancias y reducir costos. Así que no es un problema ni solamente policiaco como creía Calderón, ni de falta de oportunidades como creía López Obrador. Y en su negación, la de ambos, estuvo parte de su fracaso.
Lo que me parece que debemos quienes opinamos en público, tengamos muchos o pocos seguidores, es un mínimo de honestidad y seriedad cuando se trata de temas complejos, como el de la delincuencia transnacional, el secuestro de las instituciones o territorios por células delictivas, y los efectos no planeados del ataque a intereses criminales. Reconocer por lo menos eso, que esas dimensiones del problema están presentes, evita que abonemos a la anestesia social que ha derivado en la romantización de la delincuencia, la criminalización de la pobreza (que eso hizo AMLO, decir que el delincuente elegía ese camino por ser pobre), la narrativa babosa de fotitos con flechitas para explicarlo todo, y la trivialización de los servidores públicos que han perdido la vida en el combate al crimen. Porque si no, resulta que es "la misma guerra", "la orden de Trump", "la traición entre ellos mismos" (quién sabe quiénes son ellos), "la FIFA" y todas las demás explicaciones que nos impiden distinguir los méritos de los privilegios, la justicia de la venganza, y la prudencia de la complicidad.
¿Me jacto de entender a cabalidad lo que implicará la caída de Nemesio Oseguera, alias Mencho? De ninguna manera. Pero al menos sé que toda la basura que hoy tenemos de ruido de fondo, eso no es.