Hay días en que la lucha por sobrevivir no deja espacio para pensar, ni siquiera para sentir. Como escribe la doctora en filosofía Paulina Rivero Weber en su libro Se busca heoroína, “la lucha por sobrevivir no nos deja tiempo para pensar y cuestionar nuestras vidas.” Y tiene razón. A veces la vida se reduce a un acto de resistencia cotidiana: levantarse, cumplir, sostener. Pero ¿qué pasa con el sentido? ¿Dónde queda la pregunta por lo importante?
Porque lo importante —dice ella— “es diferente, es aquello sin lo cual la vida pierde sentido”, mientras que lo urgente nos devora, nos arrastra hacia una existencia impuesta por la tiranía de lo que “se debe hacer”, por “el imperio de la opinión pública.” He vivido ahí, en ese vaivén de exigencias, de deberes ajenos que pretenden dictar mi camino. Y sin embargo, algo dentro de mí —esa voz que se niega a ser silenciada— me recuerda que sobrevivir no es lo mismo que vivir.
En la tradición griega, la excelencia humana se alcanzaba cuando alguien lograba su areté, su plenitud. “La excelencia no implica otra cosa que el desarrollo de las posibilidades más propias de un individuo,” escribe Rivero Weber, y pienso en cuántas veces las mujeres hemos sido apartadas de ese desarrollo. Nos dijeron que nuestra virtud residía en el sacrificio, en la entrega, en la dulzura resignada. Pero una mujer que se atreve a sacar de sí misma lo que la habita —su voz, su deseo, su fuerza— se convierte en una amenaza. O en algo más poderoso aún: en su propia heroína.
“La mujer mujer,” dice Paulina, “es siempre una mujer total, a la primera como un sustantivo y la segunda como un adjetivo.” Qué belleza y qué verdad. Ser mujer no debería implicar la escisión entre el deber y el ser, entre la ternura y la inteligencia, entre el cuerpo y la palabra. En mí habitan todas, y cada una busca su lugar.
El núcleo de su libro es el amor, pero no el romántico ni el complaciente. “Comienza en la propia casa de cada persona, pretendiendo dilucidar un camino hacia el amor de sí mismo,” ese amor que reconoce el cuerpo, las capacidades, la alegría de existir. Y sí, hay un placer en ser mujer, “mismo que solo existe cuando implica una aventura de libertad.”
La libertad como gozo, no como permiso. Como decisión íntima de existir con plenitud.
Paulina nos recuerda a las heroínas que la literatura nos ofreció: Bovary, Karenina, Penélope. Todas atrapadas en los hilos del deber o el desconsuelo, mujeres que, “parecían grandes libertadoras de su destino, pero terminan presas de la conciencia colectiva.” ¿Cuántas de nosotras seguimos esperando, como Penélope, tejiendo una vida que solo cobra sentido cuando alguien vuelve?
Hace tiempo, alguien preguntó qué había logrado la mujer en los últimos cincuenta años. Graciela Hierro respondió: “Salir de casa.” Esa frase resuena como un grito. Salir de casa no solo en lo físico, sino de los confines mentales y afectivos que nos impusieron. Porque si el único lugar posible para la heroína es el encierro, ¿de qué puede ser heroína?
Paulina Rivero Weber lo advierte con dureza: “Algo huele mal en esa felicidad, apesta.” La mujer abnegada, la buena madre, la esposa ejemplar… son imágenes que mutilan las posibilidades del crecimiento. La verdadera heroína no soporta su yugo con resignación; lo rompe.
Hoy entiendo que la búsqueda de la heroína no está afuera ni en los aplausos. Está en el acto silencioso de reconocerse digna. En la mujer que no espera a Ulises, que se atreve a escribir su propio poema épico.
Yo busco a esa heroína —dentro de mí y en las otras—, la que no necesita sobrevivir para ser recordada, sino vivir con conciencia para ser libre.