Síguenos @ContraReplicaMX
Columnas
La pauperización de la clase gobernante, para solapar las intenciones fidedistas del líder, enaltece lo que de peor pudo haber tenido la Edad Media, yendo a contrasentido del proyecto de modernidad, fincado en la especialización, sin la que la existencia de los estados habría sido una construcción imposible.
Las universidades, nacidas en la última etapa de la Edad Media, en pleno proceso universalizante -protagonizado por la lectura directa de Aristóteles, denominado escolástica-, efectivamente fundó un proyecto secular del conocimiento que iría incorporando a los laicos que en poco tiempo constituirán al aparato formal de los gobiernos: la burocracia. Los especialistas, formados en universidades, aportarían a los gobiernos una fuerza tan robusta, que haría que el poder de este se incrementara hasta tener la fuerza que, entre los siglos quince y dieciséis, unificaría los territorios nacionales bajo un mismo gobernante, pero también bajo un mismo aparato legal que sin los especialistas carecería de efectividad.
Sin especialistas el proceso estatal no camina, pues la eficiencia, sustituida por meras lealtades, no se traduce en mejoras de nada, antes bien en el sometimiento a la arbitrariedad de un gobernante que si se tiene suerte, puede tener un grado de brillantez que se traduzca en ciertos beneficios hacia la sociedad, aunque a costa de su orden institucional, como ciertos despotismos ilustrados representarían, pero cuando lo que se tiene es el desquiciamiento del sistema para solventar los antojos de un poco inteligente gobernante, se destruyen los diques que contienen el autoritarismo, y es así que la incompetencia institucionalizada, se instaura, con los costos de lo que representa.
La incompetencia, hermana siamesa de la ignorancia y trilliza de la necedad, no solamente marca el culmen de la corrupción que los impuso aún y a costa de la legalidad y el sano juicio existentes bajo una educación política sensata, sino que tiene los costos que terminan por derrumbar a los sistemas, por más que crean que la compra de voluntades es suficiente para dar vida artificial a una situación que es de suyo una aberración.
Arrojar migajas a los lacayos y a los pueblos es la vieja estrategia de la tiranía, que esta se hunde cuando no solamente deja de existir el alimento que le confiere existencia, sino lo que es peor, cuando cortó a todo el personal calificado que lo pudiera defender cuando el desastre se hiciera presente. Llega el momento en donde los discursos se marchitan, cuando la realidad se presenta con su rostro descarnado, y los que siempre pagan, son los pueblos que un día aman, y al otro odian al mismo tiranuelo que encumbraron con la acostumbrada irresponsabilidad que históricamente los caracteriza, y que marca, quizá, la más certera y añeja crítica hacia la democracia como sistema.