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Sin spoilers

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Columnas miércoles 22 de diciembre de 2021 -

Cualquiera que tenga cierta afición, no solo por la literatura, sino por la historia de la literatura, sabe que la alta cultura casi siempre comienza siendo “entretenimiento para el vulgo”. Las obras sofisticadas que citan y reinterpretan los snobs de hoy, fueron las historias palomeras de otro tiempo. El escéptico puede ir a revisar las críticas que al momento de su publicación flagelaron los libros de Herman Melville o Emily Bronté. Esto no quiere decir tampoco lo contrario (que toda manifestación popular sea arte) pero se nos acabaría la vida graduando ese sube y baja. Mi punto es que la experimentación artística o, si se quiere, la exploración cultural, puede ocurrir y de hecho ocurre muchas veces en los productos populares.

Ahora bien, la literatura posmoderna no ha sido la excepción. Muchas de las obras representantivas de esta esquiva corriente tienen como motivación desarrollar una relación más cercana entre el lector y el texto, ya sea haciendo del escritor un personaje más de la narrativa, o incluso del lector (con mayor o menor éxito). De ahí surgen después las películas o representaciones escénicas innovadoras, donde el público participa activamente en la experiencia, interactuando de diversas maneras. Esto añade sazón al disfrute estético pero también acerca la intención artística al elemento meramente humano (porque no se necesita ser un crítico letrado para sentirse aludido por un actor de teatro que activamente nos toma del brazo, por ejemplo).

Sin embargo, algo suele permanecer inmutable: las obras son universos autocontenidos. Los crossovers son frecuentes en los cómics y en algunos productos televisivos, pero se mantienen lejos de los productos culturales más ambiciosos e importantes, ya sea en términos de audiencia o en términos de importancia canónica (se cruza el Capitán América con Iron Man, pero no Sam Spade con Hércules Poirot; no ponemos a Julian Sorel a dialogar con el Principito sobre las redes sociales). No quiero decir que cruzar universos de mayor complejidad saliera siempre bien, solo que sería interesante ver cómo resultan algunos de esos experimentos. Estoy al tanto de la existencia de la Liga de los Caballeros Extraordinarios, pero el simplismo con el que se retrató a sus integrantes, bien equivale al silencio.

Lo que ha hecho la película de “El Hombre Araña: sin regreso a casa” es interesante en dimensiones que trascienden el éxito comercial. Si bien es cierto que cumple con todos los requisitos para ser un contenido mainstream (los comerciales, pero sobre todo los de corrección política), no es menos cierto que nos demuestra la parte interesante de que un solo estudio sea dueño de diversos bienes de propiedad intelectual con un poderoso centro de gravedad para ciertas generaciones (la mía, por ejemplo, que es la Generación X). Sin hacer ningún spoiler (esa es una de las actitudes más mezquinas de nuestra confortable decadencia, y con razón) la apropiación de diversas historias y personajes que nos formaron o nos acompañaron en nuestra vida como referentes imaginarios, y los creativos acuerdos comerciales y jurídicos entre las grandes corporaciones, pueden hacer para la cultura de masas lo que la literatura ha hecho desde hace muchas décadas, pero para muy pocos; provocar en el destinatario la sonrisa de quien llega a un universo nuevo, pero lleno de viejos conocidos. A mí sí me entusiasma.


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