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UNAM: un día doloroso

UNAM: un día doloroso

Columnas miércoles 24 de septiembre de 2025 -

El 22 de septiembre de 2025 marca un día profundamente doloroso para la comunidad del CCH Sur y de la Universidad Nacional Autónoma de México. La muerte de un joven estudiante, herido mortalmente por otro en un acto de violencia que también lastimó a un trabajador que intentó intervenir, nos obliga a detenernos, a pensar y a asumir con seriedad la magnitud de lo que está en juego: la vida, la seguridad y la integridad física, la salud mental y el porvenir de nuestras juventudes, dentro y fuera de los campus. Ante todo, es necesario expresar solidaridad con sus deudos, con sus amistades y con toda la comunidad universitaria que hoy sufre una pérdida irreparable.

Sin duda, este hecho no puede ser reducido a una anécdota criminal aislada. Expresa tensiones profundas: la precariedad afectiva, las rupturas comunitarias y el abandono de la dimensión ética en la formación de identidades juveniles. Como señalaba Hannah Arendt, la violencia nunca surge de la nada: aparece cuando los canales de sentido, diálogo y pertenencia se erosionan, y cuando los jóvenes quedan atrapados en un vacío de referentes sólidos. Lo ocurrido en el CCH Sur interpela a la sociedad entera:es urgente comprender, prevenir y reconstruir.

La salud mental es un ámbito históricamente relegado, en todo el país, en nuestras políticas educativas y sociales: el estrés, las adicciones, la soledad y la violencia simbólica minan las posibilidades de desarrollo pleno. Este hecho nos recuerda que se requiere un esfuerzo sostenido, institucional y comunitario. Programas de detección temprana, redes de acompañamiento psicológico y espacios de escucha son tan importantes como las aulas.

El campus universitario debe ser, por definición, un territorio de confianza, diálogo y convivencia. La UNAM tiene la posibilidad de fortalecer los programas de construcción de identidad universitaria, de apoyo a la salud mental y de prevención de adicciones, así como de crear una cultura de paz que reoriente los modos de relacionarse entre los estudiantes. No se trata solo de evitar la violencia, sino de propiciar vínculos solidarios que afiancen la cordialidad como un valor ético y cotidiano.

Sin duda, el peso simbólico y cultural de la UNAM le otorga una capacidad única: irradiar hacia la sociedad mexicana una propuesta de convivencia pacífica. Si los programas de salud mental, cultura de paz y prevención de adicciones se consolidan con fuerza, no solo protegerán a su comunidad interna, sino que alcanzarán a las familias y entornos donde viven sus estudiantes. En un país donde la violencia ha calado tan hondo, este papel resulta crucial.

El asesinato en el CCH Sur nos duele profundamente, pero también nos convoca. La memoria de Jesús Israel, el joven que perdió la vida, debe ser semilla de compromiso y transformación. Lo deseable es que este acontecimiento reprobable, sea un punto de inflexión para mirar a las juventudes con mayor esperanza, y para construir desde la universidad y hacia fuera una cultura donde la vida, la salud mental y la paz ocupen el centro de toda acción colectiva.

Investigador del PUED-UNAM


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/CR

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