La narrativa de la “transformación” ha llegado a su fin, y lo que la ha derrumbado, no sólo es la presión exterior -efectiva al confrontar los nexos criminales que se apropiaron del país-, sino la naturaleza propia del desgaste discursivo. Quien tiende a creer las huecas palabras de la demagogia, no necesariamente es un sujeto carente de cultura académica, por el contrario, normalmente son “sectores ilustrados” los fieles y propagadores fanáticos de sus doctrinas.
El pensamiento procedente de Marx y sus seguidores, los expertos que con amor y paciencia se dedican a cultivar o manipular el dogma, debieron de haber conocido antes varias cosas: conocimientos de economía clásica (Smith o Ricardo); de Sociología (Comte); Naturalismo evolucionista (Darwin) y, claro, filosofía (Aristóteles, Hegel…) etc. Donde el lenguaje especializado, convive con el método dialéctico que, en sus enfrentamientos contradictorios, traslucen al espíritu que con dificultad se despliega en la historia.
La universidad tiende a ser el núcleo transmisor del dogma, faltando a los principios universalistas del conocer, confundiendo la cátedra con la plaza, y a los alumnos con militantes, que construyen su pensar gracias a los análisis críticos de multitud de teorías que no tienen necesariamente por qué ser del gusto del profesor, porque él no está allí para arrojar sus personales creencias, y si bien debe fijar postura, esta no puede ni carecer de análisis ni, como diría Karl Popper, estar dispuesto a “falsear” lo que se cree, esto es, que la teoría se someta permanentemente a una comunidad científica que corrobore datos. Cuando los principios no soporten la crudeza de las contradicciones, tener la humildad de reconocer el error, en lugar de embarrarse de nociones ad hoc que no sólo pretendan burlar la inteligencia del público, sino satisfacer el ego enfermizo del estudioso indispuesto de reconocer sus errores. Quizás esto último, es lo que diríamos “la enfermedad académica”.
El pensamiento nació de la controversia, del diálogo entre pares -aunque diversos- y la actitud inteligentemente escéptica de un Sócrates dudoso de lo que se denomina “conocimiento” o, como Descartes, quien lanzara su hipótesis entorno a la posibilidad de “vivir engañado”, buscando principios indubitables de la razón. Ambos son muestra de que nadie seriamente predispuesto para exponer y estudiar una determinada ciencia o rama de esta, puede darse el lujo de someterse a sus datos y creencias como el niño que cree en los reyes magos y en su nombre, destruir al que no piense como él.
La transformación está hundida por sus fanáticos eternamente confundidos con los datos de su saber y los hechos que los confrontan, soñando que sus próceres son ideas puras de un proyecto científico “de buena voluntad”, que realmente oculta a un delincuente impulcro travestido de salvador, con un montón de ratas que se benefician de su caos.