América Latina ha pagado caro, demasiadas veces, el error de asumir que los abusos del pasado quedaron atrás solo porque cambiaron los discursos o los rostros del poder. Eduardo Galeano lo advirtió con crudeza en Las venas abiertas de América Latina: nuestra tragedia no ha sido la falta de recursos, sino la forma en que otros han decidido sobre ellos.
Leído desde el presente, el libro no es una reliquia ideológica, sino un manual para entender la lógica persistente del poder continental. Galeano describió un sistema donde la riqueza fluye hacia el norte y los costos sociales se quedan en el sur; donde la soberanía es tolerada solo mientras no contradiga intereses externos. Medio siglo después, el mecanismo no desapareció: se sofisticó.
Hoy, el unilateralismo autoritario que encarna Donald Trump no contradice esa historia; la desnuda. La política exterior estadounidense ha dejado de disimular su vocación de injerencia bajo el lenguaje de la cooperación o la democracia. Sanciones extraterritoriales, criminalización selectiva de gobiernos incómodos, desprecio por el derecho internacional y amenazas abiertas de fuerza son expresiones contemporáneas de una vieja práctica: decidir por otros.
Venezuela se ha convertido en un caso paradigmático, no solo por su crisis interna —que es real y compleja—, sino por su valor simbólico. Funciona como advertencia regional. El mensaje es claro: salirse del guion tiene costos. No se trata únicamente de un país, sino de disciplinar a toda América Latina. Galeano lo explicó con otras palabras: el castigo ejemplar es parte del método.
Conviene decirlo con claridad: señalar el imperialismo estadounidense no equivale a absolver errores, autoritarismos o fracasos internos. Esa falsa dicotomía ha sido útil para el poder. Cada pueblo puede —y debe— criticar a sus gobiernos, sin someterse a que la corrección venga impuesta desde fuera. La soberanía no significa impunidad, pero no puede ser sustituida por tutela extranjera.
Desde México, esta discusión es especialmente oportuna. Nuestra historia está marcada por intervenciones, presiones y despojos. Por eso, la defensa de la soberanía regional no es un gesto retórico ni ideológico: es una lección aprendida a golpes.
Galeano escribió que las venas de América Latina siguen abiertas. Tenía razón no porque nada haya cambiado, sino porque el patrón subsiste: extracción, control, castigo. Hoy, la colonización no necesita ejércitos permanentes; le basta con controlar flujos financieros, narrativas jurídicas y decisiones políticas clave. Es una dominación menos visible, pero no menos efectiva.
Esta columna es un llamado a no confundir normalidad con costumbre. A no aceptar como inevitables las decisiones unilaterales de una potencia que históricamente y por la fuerza, ha tratado a la región como zona de influencia y no como comunidad de naciones soberanas. La historia está ahí, documentada, escrita con sangre.
ENTRE GITANOS
HISTÓRICO RESCATE
No debemos perder de vista el esfuerzo coordinado del Gobierno de la CDMX y la Fiscalía Generalde Justicia para atender un caso complejo, sensible y jurídicamente delicado. El rescate de los animales del Refugio Franciscano no fue un acto improvisado ni una ocurrencia política, sino el resultado de peritajes veterinarios, órdenes judiciales y un despliegue institucional que involucró personal especializado y gran infraestructura pública. Bajo la conducción de Clara Brugada, la ciudad actuó con una premisa clara: anteponer el bienestar animal.
El tema ha sido utilizado mediáticamente para golpear al gobierno capitalino, mezclando preocupación genuina con desinformación y sospechas sin sustento. Convertir el rescate en una narrativa de despojo o abuso no solo distorsiona los hechos, también invisibiliza el trabajo de veterinarios, rescatistas institucionales y servidores públicos que hoy protegen la vida de cientos de animales.
*Especialista en Ciencia Política y Gobierno.
avilezraul@hotmail.com