La forma en que un país alimenta a su infancia durante los primeros mil días de vida determina buena parte de su futuro. En esa etapa se forman hábitos, se desarrolla el cerebro y se establecen las bases de la salud que acompañarán a una persona durante décadas. Por ello, cualquier falla en la regulación de los alimentos dirigidos a la primera infancia trasciende el ámbito comercial, se convierte en un asunto de salud pública.
Cada 1 de agosto inicia la Semana Mundial de la Lactancia Materna, una efeméride promovida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) para recordar que la leche materna constituye el mejor alimento durante los primeros seis meses de vida y debe complementarse con una alimentación adecuada hasta, al menos, los dos años. Esa recomendación contrasta con la creciente oferta de alimentos industrializados para bebés, que ocupan cada vez más espacio en los anaqueles.
Un estudio realizado por la ONU en Argentina y México aporta elementos para encender las alertas. De los 251 alimentos complementarios comerciales analizados, 234 corresponden al mercado mexicano. Apenas cinco por ciento cumplió con todos los criterios nutricionales establecidos por un modelo de perfil de nutrientes diseñado para América Latina y el Caribe.
Los investigadores identificaron una presencia frecuente de azúcar agregado que, conforme al modelo utilizado, justificaría advertencias visibles en el etiquetado. También encontraron que 47% de los productos comercializados en México corresponde a alimentos ultraprocesados, una categoría cuya asociación con enfermedades crónicas ha sido ampliamente documentada por la evidencia científica.
La investigación añade otro dato preocupante, ninguno de los alimentos tipo puré informaba la edad máxima recomendada para su consumo y ningún producto cumplió con los criterios de promoción responsable. Persisten mensajes comerciales, declaraciones nutricionales y estrategias de mercadotecnia que pueden influir en las decisiones de los padres y personas cuidadoras.
El contexto nacional explica por qué estos hallazgos merecen atención. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut), México mantiene una de las prevalencias más altas de sobrepeso y obesidad infantil en la región. A ello se suma el consumo creciente de productos ultraprocesados, fenómeno que diversos organismos internacionales vinculan con el incremento de enfermedades no transmisibles desde edades tempranas.
Durante los últimos años, México, a través del Congreso de la Unión, avanzó con medidas regulatorias relevantes. En 2020 entró en vigor el sistema de etiquetado frontal de advertencia para alimentos y bebidas no alcohólicas preenvasados, reconocido internacionalmente por facilitar información al consumidor sobre exceso de azúcar, sodio, grasas saturadas, grasas trans y calorías. Sin embargo, el estudio evidencia que todavía existen áreas específicas, como la alimentación complementaria infantil, donde persisten vacíos regulatorios.
La administración de la mandataria Claudia Sheinbaum Pardo ha colocado la prevención como uno de los ejes de la política sanitaria. El fortalecimiento de campañas de promoción de hábitos saludables, ofrecen un marco favorable para revisar la regulación de los alimentos dirigidos a la infancia. La evidencia científica brinda la oportunidad de actualizar normas, fortalecer la vigilancia sanitaria y reforzar la protección de la lactancia materna como la primera política pública de nutrición.
Si nuestra infancia recibe información clara, alimentos de mejor calidad y políticas públicas sustentadas en evidencia, el beneficio alcanzará a generaciones enteras. Si se permite que la mercadotecnia sustituya a la ciencia, el costo terminará por reflejarse en la salud, la economía y el desarrollo nacional.
*Periodista | @JoseVictor_Rdz
Premio Nacional de Derechos Humanos 2017