Síguenos @ContraReplicaMX
Columnas
A menudo pienso en aquel día como si acabara de pasar, o para decir mejor como si fuera una puerta en el tiempo, una pausa en mi memoria.
No sabía quién era, no tenía idea de nada, sólo sabía que quería estar con ella. Mi vida en ese tiempo era un paseo por la tempestad, que se detuvo cuando sentí su mirada. Si ella me lo hubiera pedido aquel día hubiera ido a cualquier sitio que nos llevara lejos de nosotras mismas. Íbamos en compañía de otras personas en un lugar extraño. Nos mirábamos y, aunque sabíamos que íbamos a chocar de frente contra la realidad, fuimos capaces de sonreírle a la libertad del encuentro en esta ciudad que abraza la diversidad como la vida misma, desde entonces he tomado su mano con orgullo, como si me fuera la vida en ello y es que aquí todo ha sido tan diferente y tan hermoso que sólo se puede contar de esta manera.
Una historia como esta, sólo pudo pasarnos en la ciudad de la utopía, lejos del lugar donde vivimos la mejor infancia de nuestras vidas, lejos de los estigmas y es que esta ciudad es el hogar que elegimos para ver realizados nuestros sueños, porque aquí el orgullo va más allá de junio y su marcha, aquí el orgullo es poder mostrarnos todos los días como somos desde la libertad.
En esta ciudad hay que ser más rápidos que ella para que no nos atrape, la vida transcurre de prisa, aquí donde nadie observa y todos siguen su camino sin que importe el paisaje, encontrarse con alguien que sepa mirarte parece un milagro. Ella me ha enseñado que puedo expresarle el amor que siento en cualquier lugar, aquí puedo abrazarla sin miedo. Esta bella ciudad, tan diversa y pluricultural, que cuando pretendo definirla faltan palabras y adjetivos que abracen tanto; y es que,es el café que nos reencuentra tras el caos de los claxons, el bar donde nace una historia, las tiendas de antaño que evocan el glamur de un México postcolonial, los domingos en Bellas Artes, el danzón en las plazas públicas, Diego y Frida en la vieja casa azul, el sonido de las letras del organillero, el caribe sonando en el Barrio Bravo, Chavela desgarrándose una vez más en Garibaldi, Siqueiros y sus murales en la revolución de las consciencias, el paseo con la mascota por el parque, el Ángel mirando las marchas en Reforma y la residente de medicina convirtiéndose en camillera, enfermera, asistente e instrumentista en un colapsado sistema de salud público. Esta ciudad como el amor mismo no te obliga a quedarte, sin embargo, jamás te pedirá irte, porque sabe abrazar desde la libertad y el respeto, porque aquí no vivimos a la sombra quienes nacimos arcoíris.
Andrea Gutiérrez