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Asolear y Castigar: el caso Oaxaca

Asolear y Castigar: el caso Oaxaca

Columnas jueves 07 de mayo de 2026 -



En alcalde de Tuxtepec, Oaxaca, se volvió noticia por la pataleta que hizo en un acto público donde estaban, entre la audiencia, funcionarios de su municipio. La diatriba se movió entre la retórica franciscana, la confesión de acoso patronal y el berrinche de novia. Parece que unos habían llegado tarde, otros se habían puesto en la sombra (¡malditos!), y dicen que uno por ahí estaba platicando en lugar de poner atención. Pero - supongo - esa fue la gota que derramó el vaso del paciente munícipe, porque empezó a quejarse de los que llevaban mucho tiempo trabajando ahí, de los de Recursos Humanos que no los han quitado, y en general de todos los que no quisieron ponerse a oír su discurso como pintura medieval, recibiendo todo el rayo del sol. Dijo que él podía correrlos a todos cuando él quisiera, incluso a los de recursos humanos una vez que corran a los demás, o algo así. Y los obligó a recibir el regaño asoleados. La estampa es un poco ridícula, pero revela uno de los rasgos del primitivismo social, a saber, el gozo que genera el sufrimiento ajeno al espectador y al inquisidor. No se trata de corregir una conducta ni mejorar la calidad de ningún servicio, sino de que "el pueblo" vea a su líder maltratar y humillar a "los del gobierno"., aunque el gobierno empiece por él. En el morbo que genera el arrastre hay algo perverso y, reitero, primitivo.

El espléndido Foucault, en Vigilar y Castigar, explica cómo el poder disciplinario moderno sustituyó el suplicio público por mecanismos más sutiles de control: la vigilancia, el examen, la normalización. Lo que vimos en Oaxaca es una regresión curiosa, casi arqueológica: el poder que no disciplina en silencio, sino que necesita el escenario, la luz del sol como cadalso simbólico, los cuerpos sudorosos como prueba de su dominio. El alcalde no convocó una reunión de trabajo; montó un espectáculo punitivo. Y el espectáculo, como bien entendían los verdugos del Antiguo Régimen, no existe sin público. El castigo que nadie ve, ni entretiene al pueblo ni nutre al mandamás. Como los destinatarios son, además, servidores públicos, tanto mejor, pues en México nos han enseñado a detestarlos, y sobre todo a confundirlos con los políticos. Lo que realmente sucede es que al burócrata lo maltrata tanto el político como la opinión pública, pero a nadie le importa.

Hay una ironía que Foucault también anticipó: el ejercicio ostentoso del poder delata su fragilidad. El señor Huerta no hubiera necesitado hacer ese desplante si proyectar autoridad sobre su cabildo. El soberano que necesita humillar en plaza abierta es precisamente aquel cuya autoridad no se sostiene por sí sola. En el libro de Foucault, el paso del tormento público a la disciplina institucional no fue un acto de piedad, sino de eficiencia: el poder maduro no ruge, observa. El presidente municipal, con su berrinche asoleado, revela que su mando no ha alcanzado, ya no digamos eficacia, sino siquiera esa madurez psicológica. A riesgo de sonar cursi, digamos que el poder que grita es porque no le hacen caso, humilla porque no puede corregir; y que convoca multitudes porque, sin espectadores, no habría ni reseñas de la película.


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