Cuando los regimientos liberales destruyeron los muros conventuales de la Ciudad de México en 1857, y la Reforma iniciaría un proceso radical en un país desangrado y mutilado, los soldados se oponían a derrumbar lo que también los representaba a ellos, pues independientemente de su fe católica -que también-, las manos labradoras de cada maravilla esculpida, ostentaba la fuerza laboral de la población indígena, plasmando no solamente su extraordinaria cosmovisión ya sincrética, extendida hasta tres siglos de virreinato hispánico. Cada piedra es un cápsula informática que se proyecta a inmemoriales tiempos que el imaginario local cultivó, enriqueció y labró con el amor que muchas personas concentran en cada golpe del cincel, porque en su corte rocoso, el todo se alumbraba con fausto entre la chiluca hermosa que viste templos y palacios de la Cortesana e Imperial Ciudad de México.
Los soldados eran indígenas en su mayoría, y sólo el poder del alcohol y la música de la banda de guerra que, según Guillermo Prieto en sus “Memorias de Mis Tiempos”, inspiró para construir el susodicho “progreso”. La idea de “progreso”, que tanto hermana a liberales como a marxistas, cree que el avance de la historia solamente se puede lograr abdicando al pasado, del que no obtienen más valor que un supuesto estancamiento. No importa si exterminan la identidad de un país completo, el radicalismo progresista, en nombre de ideales solamente realizados en las teorías -los marxistas dirán que lo suyo es “la verdad”-, producto concluso de las investigaciones académicas que no tienen por qué tener referencialidad histórica para cobrar validez. Quieren materializar un experimento, aunque por él se lleven a un mundo completo, y en nuestro caso, un cuantioso patrimonio que solamente sació a los cercanos del entonces poder liberal que, a los meses, ya para diciembre, provocarían los horrores de la guerra civil que el “Plan de Tacubaya” iniciaría.
Matar los símbolos de una sociedad vieja en nombre de profecías cientificistas, cuales sean, es un golpe muy violento que no se puede presumir que una sociedad digiera fácilmente. Los indígenas obligados otra vez a derrumbar su trabajo sufrieron un sacrificio inútil que no solamente consume palacios y templos, sino que desarraiga y mata los espíritus de sectores sociales que, al perder el respeto de sus reglas, se vuelven incontrolables incluso para los promotores del saqueo, por más peroratas teóricas en nombre del progreso que lancen. México se hundiría en la Guerra de los Tres Años (1857-1860) y después en la Guerra de Intervención (1861-1867). Los cabecillas triunfantes siempre hablan en nombre de los supuestos bienes del pueblo; al que arrojan al sacrificio y lo embriagan para consumar sus planes y destruir su historia, la que reescriben inspirados por su ideología y sus prejuicios.