LUIS MONTEAGUDO
Una falacia “ad hoc”, es aquella generada para forzar la validez de alguna teoría, cuando esta, sometida a su contrastación, no puede dar cuenta de la multitud de problemas que no coinciden con sus postulados. Siempre, en el universo de la humanidad, los principios teóricos se pueden ver mancillados por la forma de ser de un humano donde las más bajas pasiones se manifiestan, o los intereses y ensoñaciones sobre ciertos planteamientos, los hacen comprometerse de tal manera con las nociones de su agrado, que se convierten en siervos de la mentira.
Cuando el stalinismo, en pleno auge de su proyecto dictatorial, manifiesto a través del público enjuiciamiento, encarcelamiento o de plano, exterminio de los opositores, asumiendo que el gran proyecto revolucionario debía realizarse a costa de todo, y que precisamente por la consagración de la dictadura del proletariado, para realizarse, no admitía reacciones confrontativas “burguesas” al interior de las fuerzas libertadoras del pueblo. La causa justificaba cualquier tipo de atrocidades, y precisamente por la causa, los cerca de cincuenta millones de asesinados del comunismo bien valían la pena, porque el sacrificio por el pueblo bien lo vale todo.
Famosas son las órdenes del dictador impuestas a los partidos comunistas de todo el orbe, para no tolerar ni oposiciones ni revisionismos, sino la más absoluta lealtad al proyecto del pueblo que el líder representaba. Las denuncias públicas por comunidades intelectuales de todo el mundo, provocaron un dilema entre acatar órdenes o seguir sus principios. Los más recalcitrantes, dispuestos a asumir que los mandatos del tirano eran la realización de la transformación revolucionaria, permanecieron fieles al proyecto justificando ad hoc los crímenes de un dictador, a través de la ideología revolucionaria.
La ideología expresa una narrativa del mundo y sus problemas, desde una óptica parcial de grupo. Su característica es que esta, no necesariamente percibida por sus creyentes, están entregados a su discurso, confiriéndole valor de verdad absoluta. En nombre de su ideología -parecida más a la fe, que a la conciencia crítica-, descalifican a todos los demás por “equivocados”. Desde la ideología, se puede construir ad hoc un universo de pretextos para justificar abominaciones, como asumir que, en nombre de la grandiosa causa de la reivindicación del pueblo, todas las arbitrariedades están permitidas.
El sujeto ideologizado, incapaz de ofrecer una crítica a su creencia, se asume como alguien lo suficientemente informado y con la autoridad moral cuasi-sagrada, como para descalificar a los no creyentes. No se da cuenta de que el que se encuentra sometido a un proceso de enajenación es él mismo, y de que podría contribuir al enaltecimiento de algo que a la manera de la en su momento muy popular dictadura stalinista, no era otra cosa sino un proyecto genocida, o una mentira maquillada de justicia.