Antes, para muchos estudiantes víctimas de acoso, salir de la escuela significaba transitar a un lugar seguro. Hoy, con las redes sociales, basta encender un dispositivo para descubrir que la agresión los siguió a casa.
Un comentario ofensivo, una fotografía, un meme, un video; con intención de ridiculizar, puede recorrer en minutos los teléfonos de toda una comunidad escolar. La tecnología nos ha permitido estar más comunicados que nunca, pero también ha dado a la violencia una capacidad que antes no tenía: perseguir a una persona las veinticuatro horas del día a donde vaya.
A eso llamamos ciberbullying y aunque algunas veces se disfrace de broma, sus consecuencias pueden ser profundamente reales.
El aspecto físico, la forma de vestir, el origen, una discapacidad o simplemente ser considerado “diferente” pueden convertirse en motivo de ataque. Además, atrás de un dispositivo aparece un elemento particularmente peligroso: el anonimato, que es fortaleza para el agresor. Pero que no se conozca al emisor no vuelve menos dolorosa una humillación, por el contrario, la impotencia también es ofensa.
La Suprema Corte de Justicia de la Nación al resolver el Amparo Directo 35/2014, estableció que las instituciones educativas tienen obligaciones frente al bullying, porque en la era digital la responsabilidad no termina en la puerta de la escuela cuando una agresión nacida entre sus integrantes, continúa y se multiplica en internet.
El problema del acoso escolar digital no se soluciona únicamente prohibiendo teléfonos o culpando a las redes sociales. La Corte a resuelto que la institución educativa es responsable de impartir educación digital, programas de prevención, protocolos de actuación, acompañamiento familiar y personal capacitado para detectar y atender oportunamente la violencia, sopena de ser, por omisión, corresponsable del propio acoso.
Las redes sociales no son, por sí mismas, el enemigo. Son herramientas extraordinarias de comunicación. El verdadero desafío consiste en aprender a convivir en ellas con los mismos límites de respeto que exigimos fuera del ciberespacio. En la actualidad, cuál es la diferencia entre las relaciones presenciales con las digitales, ninguna. Por qué exigiríamos menos respeto, menos dignidad, menos protección, en las relaciones digitales; cuando el daño es proporcionalmente igual o mayor que las relaciones presencial.
El respeto a la dignidad en la era digital quizá sea una de las grandes responsabilidades educativas de nuestro tiempo. El reto es construir una cultura de la protección de la dignidad del ser humano en todas partes, incluyendo el internet.